Jabalinas y garrochas
por Quintín
Después de algunos momentos prometedores, la lectura de los dos relatos siguientes de Caravana no fue una experiencia satisfactoria. De hecho, les tomé antipatía al libro y a la autora. “Los extranjeros” transcurre en Boulon, una isla tailandesa en el mar de Andamán. “Encanto” sucede en Bangkok y comienza con un error que me puso de muy mal humor. Mientras la protagonista y su marido cenan en el restaurante del hotel, un mozo tropieza con la alfombra y se le cae parte de la comida. Martoccia escribe
Sin embargo, el joven se compuso pronto. Apretó los dientes y siguió cargando las fuentes en donde se mezclaban las ensaladas y los postres. A Isabel su gesto le hizo recordar otro: en las útlimas olimpíadas, un deportista rumano había roto la jabalina mientras saltaba, pero sonrió ante las cámaras de televisión como si hubiera sido el mejor salto de su carrera.
Caravana se publicó originalmente en 1996 y me pregunto por qué desde entonces nadie (ni la autora ni la nueva editorial) se ocuparon de reemplazar “jabalina” por “garrocha”, un error tan obvio que revela que Martoccia toca de oído o, mejor, que tiene poco oído y su registro del mundo exterior es a veces demasiado impreciso. Es cierto que había demostrado lo contrario con el famoso ascensor, pero ¿cómo se hace para confundir una garrocha con una jabalina? La obvia explicación es que a la autora no le interesa el atletismo, pero entonces no debería traerlo a colación. Pero esa sensación de gratuidad, de páginas llenadas con cierto descuido, se extendió al resto de la lectura. En algún momento, Martoccia escribe:
Ricardo no tenía ningún reparo en observar a la gente y hacerse preguntas y, en general, hacía buenas observaciones, pero la desconfianza dominaba siempre. (…) Isabel se dio cuenta, sentada allí, en un hotel cinco estrellas de una ciudad asiática, de que Ricardo detestaba suponer que a los otros les sucedía algo. A ella, en cambio, la divertía inventar. (..) Los argumentos de su mujer pecaban de novelescos, nada tenían que ver con la observación.
Caravana hace pensar que la escritura de Martoccia tiene dos caras. La cara Martoccia-Ricardo, basada en la observación y la cara Martoccia-Isabel, que es pura invención. La combinación de fragmentos Isabel y fragmentos Ricardo va componiendo los relatos, que se estructuran (hasta aquí, al menos) en torno de una comida en la que personajes de distintas nacionalidades intercambian o elucubran apreciaciones sobre las características culturales de los otros. Pero sobre Isabel y Ricardo, planea una tercera mirada
Si Ricardo e Isabel hubieran conocido más sobre las clases sociales inglesas, se habrían dado cuenta de que la elegancia de Kevin pregonaba: “Hubo un tiempo en el cual no pude vestirme con esta ropa tan cara”, y que, probablemente, fuera del norte o irlandés. Porque en esa pátina de cuidado por el detalle radicaba su origen y es raro que los ingleses del sur conviertan un nacimiento pobre en algo frívolo. Pero ni Isabel ni Ricardo conocían nada de Inglaterra. Sólo habían estado una semana en Londres y asistido a los curdos de International House en Martínez. Hablaban inglés sin saber distinguir las clases sociales, que es una forma de hablar a medias.
Además de cierta pedantería, en el párrafo aparece una característica singular del estilo Martoccia: cierta omnisciencia que tropieza consigo misma. Porque si el narrador sabe hasta el detalle cómo procesan el ascenso social los ingleses del sur y del norte, ¿cómo es que más de un siglo después del profesor Higgins no puede distinguir un acento irlandés de uno de Newcastle? ¿O es que da lo mismo —y ese es el gran secreto— observar que inventar? Al mismo tiempo, es bueno notar el carácter siempre deceptivo de la prosa, que parece asentarse sobre el postulado de que la comprensión de los mundos ajenos es imposible. Con ese trasfondo, la literatura sería una constatación de ese problema matizada por algunos comentarios laterales más o menos correctos, más o menos imaginativos, más jabalina o más garrocha según la inspiración del momento. Por ejemplo:
Casi todos los hombres vestían la misma camisa de buena seda y pésima confección que venden en los mercados ambulantes.
Los turistas nórdicos reían. (…) Les sirvieron infinidad de platos, verduras minúsculas y salsas picantes. El vino era francés; fue como ver a osos que habían escapado del circo y se comían la comida de los pajaritos.
Pero esos aciertos eventuales no evitan la sensación de que hay algo exageradamente fútil en el emprendimiento, como si escribir fuera un ejercicio caprichoso, la creación de un concurso de preguntas y respuestas o de prendas que hay que sortear para ir avanzando en la tarea. No importa lo que cuente Martoccia —las costumbres de los habitantes de una isla como en “Los extranjeros”, o el comienzo de una infidelidad como en “Encanto”—, no importa si privilegia la observación o el ingenio. La impresión que deja hasta aquí es que su compromiso no es con lo narrado ni con la verdad sino con el oficio en sí, entendido como la producción de una red de afirmaciones que disimulan una tristeza afectada, ligera, casi obligatoria.
Foto: Flavia de la Fuente

diciembre 28, 2009 a las 10:23 pm
Quieren saber que pienso? en el fondo me duele el Otro.
Pero quizás por eso, estas perlitas me encantan. La autora cometió infracción y por eso no le voy a sacar tarjeta roja o me voy de la cancha rompiendo entrada, y vociferando que me han estafado. Hago de cuenta que lo estoy mirando por televisión, que no puedo decidir en absoluto una conducta aparatosa. Me la banco, total es un juego, un divertimento, no rompo el televisor. Es solo una novela.
Cambia sin embargo mi mirada, lo leo sabiendo que me han bicicleteado. Me hace pensar que esa señal, denota su imperfección de contenidos al escribir. Que no es meticuloso obsesivo al corregir, y que ha sorteado correctrices de editorial, mas desorientados que el autor.
Inmediatamente cae por peso propio, en el inmenso valle nebuloso que separa para mí, las dos cumbres paradigmáticas del como escribir bien y sin errores: rápido y sin parar tipo Aira; o lenta y sostenidamente como Schopenhauer. Me quedo con esta última, pero son cuestiones de gusto. Tomo a este autor, porque su obra fué inmediatamente, un fracaso editorial mayúsculo.
A veces el autor en desgracia, se enfrenta consigo mismo. Aprende y a futuro, nos brinda mejor producción. Darwiniano su salto, muta para el mejor decir. No son muchos.
Piadosa indulgencia o descalificación definitiva con Maria Martoccia ??
El no compromiso con la verdad o con lo narrado es todo un tema, en tanto novela. Es más, me alcanza muchas veces con su oficio. Y eso, a los críticos le revienta. Bueno, es su trabajo, señalarrnos el camino.
Personalmente, algo similar me pasa cuando hablo poquísimas veces del cine, y meto en la misma bolsa por ser un precipitado ideológico, mucha filmografia. ¿Debo juzgarla en su totalidad a un film, toda su obra o rescatar quirúrgicamente partes excelentes de su contenido? Creo que nos hace mejores personas en el fuero íntimo, esta última opción. Parezco un predicador; pero me pasó con Oliver Stone que lo recorrí en camino inverso.
Hay finalmente escritores hipócritas con una meticulosa correción/acumulación de datos y estilo envidiables; pero lo único que persiguen es empaquetarte en su discurso artificial y narcisista que a su vez, es el que queres leer. Vende, es conocido y venerado. De esa, no tenes retorno. No experimentas el salto tolerante, que te brinda el equívoco o la desinformación –
Pero para eso, no hay que ponerse a gritar, por encontrar un pelo en la sopa.
Che, mas respeto por la cocinera, que por esto no pasa a ser absolutamente antipática, porque no es calva. Quizás el segundo plato, sacie la glotoneria inmanente.
Pobres libreros, le arruinaron ventas de verano. No hay derecho, y todo por una maldita jabalina y un ascensor, jaja.
Para mí puede ser quizás ( no lo sé, ni me interesa) un problema personal de rivalidad encubierta o distintas ópticas en la lectura ¿? de Q. con Damián Tabarovsky ; que en su columna del diario Perfil ( en el que Q. también escribe) dice: ” Caravana es un libro de relatos absolutamente perfecto”
¿¿ Quien los entiende, a los críticos ??
La única posibilidad para salir de dudas, es comprar el libro . Maria, no te conozco personalmente, pero para mantenerte tan tiesa entre estos dos excelentes criticos, hasta dejo los 46$ en la libreria de Miramar, donde voy a descansar estos dias.
Confieso, hasta me caes simpática. Lo que pasa es que los hombres no entienden que la invención femenina, es parte de la seducción. Glup, me salió el sancochado.
Cariños y feliz año a todos.
diciembre 29, 2009 a las 3:21 am
Acabo de ver la película que Flavia y luego de ella unos cuantos comentadores recomendaron entusiasmados; entre ellos Noriega. Me refiero a Julie and Julia, de Nora Ephron. La verdad que tenían razón. Es una película deliciosa, de esas películas que te llenan de energía positiva, de una sensación de sanidad y placer absolutos, de ese “todo se puede aún en las peores condiciones” propio del llamado american way of life. Dan ganas de ponerse a escribir un blog en cualquier momento. Muchas veces lo intenté, debo reconocerlo, para después bajar los brazos. ¿De qué podría yo escribir? El rubro cocina ya lo ocupó Julie Powell, la cocinera-bloguera que protagoniza la película. El rubro andanzas de mi perro humano más que humano ya lo ocupó Flavia. El rubro fútbol para todos ya lo ocupó Quintín. Además yo de fútbol no sé nada. De perros menos. Incluso me ladran, como en la milonga de Borges. Y de cocina menos que menos. Para eso está el supermercado, ¿no? Además, según la teoría enunciada por la protagonista de la película, alguien que escribe un blog debería dar cuenta de lo que conoce, y yo soy la persona menos práctica que hay en el mundo. Ese hablar sólo de lo que uno conoce pasa a ser el leit-motiv de la película. La cocinera Julia Child aprende francés a la fuerza para poder aprender a preparar comidas francesas. Tranquilamente podría inventar todo, pero no. Se atiene a lo conocido. Cuando el marido de la bloguer le dice que invente aquella receta que no le salió como el libro de Julia Child sugería ella se niega. Considera que sería una traición a Julia Child y un engaño a los lectores. Sería un paso en falso que Julie no está dispuesta a dar. Todo lo que aparezca escrito en el blog debe estar referido tal y como aconteció. Aún cuando los supuestos lectores, que aún ni siquiera está segura de tener, no podrían saber si dice la verdad o inventa, ella permanece fiel a su ideario. Sin embargo no ocurre lo mismo con la película. Intuímos que Nora Ephron no nos dice toda la verdad. Sabemos que el cuento de navidad que nos relata es una construcción de hollywood, del american way of life. Sin embargo también sabemos que Nora es fiel a sí misma, a su propuesta de toda la vida. Y esa es su verdad, que es diferente a “la verdad”. Las mejores películas de Ephron utilizan el mismo recurso y buscan dar el mismo mensaje esperanzador. No por nada fueron los judíos inmigrantes creadores del viejo Hollywood quienes instalaron a partir de su construcción ficcional la idea del american way of life. Nora proviene de ese linaje y no siente ninguna vergüenza al respecto, lo que le permite repetir su mensaje de esperanza infinita una y otra vez sin ruborizarse, por si a sus seguidores no les quedó claro. Tanto en Tienes un e-mail como en Sintonía de amor los personajes principales se comunican sin conocerse, un poco como lo hace un cineasta con sus espectadores. Esta comunicación a la distancia se torna productiva a pesar de todos los inconvenientes. Cuando existe la voluntad de comunicar y se comunica desde la verdad del corazón, dos personas que no se conocen se pueden comprender e incluso amar. Nora nos repite su verdad cada vez que puede. Aún así somos concientes de que su verdad no es la verdad, que es una verdad verosimilizada. Ella también lo sabe cuando en los créditos finales de la película nos hace un pequeño guiño de complicidad afirmando que Julie Powell y su marido Eric siguen viviendo en Queens pero ya no viven sobre una pizzería y que la chica ya es una escritora y van a filmar una película basada en su libro. Obviamente quien filma la película es quien nos informa que la película se va a filmar. La redundanciaforma parte de la verdad verosimilizada del cine. La película no sólo cuenta la vida de la bloguer devenida cocinera sino la vida de la cocinera en la que se inspira. Al unificar los dos relatos uno tendería a pensar que algo de “la verdad” de ambas historias se debió amoldar a la verosimilitud del guión cinematográfico. Dos verdades hacen una verdad, pero una verdad distinta a la verdad. Esto es un poco complejo y estoy bastante cansado. Mejor lo dejo acá. Me doy por satisfecho, aún siendo conciente de que escriba lo que escriba esto no va a cambiar el mundo. Mi verdad no va a cambiar nada, tampoco si la escribo en un blog. La verdad de Julia Child no cambió el mundo como su marido hubiese querido. Tal vez le cambió la vida a una chica que no sabía cómo ser escritora y siguiéndole los pasos desde un blog lo consiguió. Tal vez esto que estoy escribiendo también le sirva a alguien. Tal vez a mí me sirva lo que escribió Quintín sobre la verdad en María Martoccia. Esa es la verdad de Quintín y también la de Flavia. También de gente como Perrone que propone filmar sólo lo que uno conoce, aquello que uno puede reconocer como “su verdad”. Flavia con sus paseos walserianos propone lo mismo. Su observación minuciosa de la vida de Solita va por ese camino. Si yo tuviese finalmente que decidir sobre qué escibir en un blog no sabría por dónde empezar. ¿Cuál es mi verdad? ¿Estoy dispuesto a comunicársela a unos completos extraños? ¿Y si no lo hago estoy siendo verdaderamente un artista o apenas un comentador? ¿No será que para ser un artista uno tiene primero que identificar aquello que para uno es “la verdad”, aquello que lo obsesiona y que no puede dejar de expresar, ni siquiera en un blog? Como diría Shakespeare si tuviese un blog: tu blog o no tu blog.
diciembre 29, 2009 a las 5:44 am
Del mismo modo que los kás le echan la culpa de -casi- todo al Periodismo malévolo y despiadado que los malinterpreta intencionadamente, Martoccia podrá echarle la culpa al corrector y éste a su falta de dedicación deportiva -quizás haya sido un ratón de biblioteca…- y a la editorial, que a su vez le echará la culpa al editor justificándolo en los bajos sueldos que pagan con el famoso “era lo que había”.
En fin, todos se sacarán las culpas de encima echándoselas a otro hasta que -por fin- llegan a Q y a quien le echan la culpa por prestar atención a un detalle menor como bien podría ser “jabalina” en vez de “garrocha” :-P
Seriamente, 46 mangos y un error como esos… -que no es el único, seguro…- ¡quiero mi dinero! :lol:
diciembre 29, 2009 a las 9:31 am
Yo creo que muhcos estarían entusiasmados y defenderían la afirmación “escribir es un ejercicio caprichoso”, Q ve en eso, un error, una falencia. Es así, distintas miradas. A mí me gusta que sea un capricho.
diciembre 29, 2009 a las 5:10 pm
Acuerdo que es muy bueno el comentario de Mish, pero sugiero que al autor del copete se le de la misma sanción que al autor original de la frase quien sufrió dos meses de suspensión. SERA JUSTICIA.
diciembre 30, 2009 a las 1:41 pm
saneduardoclon:
tan empalagoso y relamido. Y no sabés usar las comas. Leíste las críticas de Borges en “El hogar”? Es un crítico generoso, salvo cuando encuentra algo que de tan ridículo lo divierte. Habrías sido un caso interesante en este sentido.
diciembre 30, 2009 a las 4:00 pm
Más allá de la jabalina, el texto es plano. Casi podríamos patinar sobre él. No pasa nada. Ni con el lenguaje, ni con lo narrado. Ni forma, ni fondo. Sólo una necesidad, demasiado evidente, de ser “fina”. Eso no es literatura, es tejido o corsetería. Las pretensiones de la señora me producen bostezos incontenibles.