Hoy: Saldungaray
por Mariana Ventureira
Domingo 10 de febrero: Tornquist
Somos seis en un auto: mi tío Hernán, dos primitas, mi hermana Gabriela, mi cuñado y yo. Vamos de Bahía Blanca a Tornquist. Hernán nos lleva a los piques, como le gustó siempre, sin aire acondicionado pero con las ventanillas abiertas. Zumba el viento, volamos con los pelos que flamean confusos. Aire puro, sol, pomposas nubes, intenso azul-griego y el ocre de las cosechas levantadas, toques de verde y puntitos de vacas. Inmensísima pampa.

Las vacas rumian para el mismo lado, todas, como girasoles. “Es porque se ponen culo al viento”, aventuró el tío, pero no. Las vacas del cuadro siguiente miran en sentido contrario a las que pasamos, como si las distintas familias bovinas se saludaran mutuamente. Parece hábito de manadas, no de vientos.

Pronto aparece el cerro Tres Picos –el más alto de Ventania– y las sierras todavía celestes en nuestro horizonte y en nuestro destino.
Día de campo y barro, porque a Hernán le gusta empantanarse y a veces no logra salir de los charcos sin que lo empujemos y nos embarremos hasta las rodillas mientras él permanece al volante con su sonrisita feliz y limpito.
Lunes: el pueblo fantasma
Hernán nos lleva a Sierra de la Ventana.
Javier, mi cuñado, me cuenta de Francisco Salamone, arquitecto art-decó constructor de municipios, mercados y otras edificaciones de la comarca. Así que Hernán decide tomar la ruta 51 y pasar por el pueblo que fundó Pedro Saldungaray en 1900 y que lleva su apellido, para que podamos apreciar el famoso cementerio de Salamone. “No me parece un buen comienzo para sumergirme en la obra de nadie. ¡No me gustan los cementerios!”, pienso.
Pasamos por el dique Paso de las Piedras a toda velocidad y alcanzamos a ver unos patos blancos –¿garzas, garcetas?- revoloteando por el agua.
Y otra vez vemos surgir el inconfundible cerro Tres Picos en el horizonte, ahora por el oeste, aunque paulatina y nítidamente se nos aparece con un cuarto pico.

–¡Cuatro picos! ¡Hay cuatro picos! –gritamos eufóricos ante el descubrimiento.
Buscamos una explicación, un falso pico atrás o adelante, pero no: vemos cuatro nítidos picos.
Llegamos a Saldungaray apenas cruzamos el Sauce Grande y ahí nomás veo el monumental portal redondo del cementerio. Muy impresionante. “No va a gustarme Salamone después de semejante susto”, pensé.
Javier, mi prima Marina y yo nos animamos a entrar por la puerta abierta. Sin preámbulos y en fila se nos aparecen las lápidas enclavadas en la tierra y atrás, altísimos cipreses contra un cielo azul profundo.

A Hernán y Gabriela los buscamos por todas partes, no están en el auto ni a la vista. Acechan escondidos detrás de un refugio para caérsenos encima con un espantoso y gutural ¡Aaaggg!
–¿Vieron gente adentro? –nos preguntan, muy risueños ellos.
–No, nadie… bueno, nadie vivo.
¡Raro!
Ningún ser vivo en ninguna parte, cuidador o deudo. Nadie. Y la reja siempre entreabierta y el viento.
Mi prima Marina nos cuenta –para colmo- que en la iglesia del pueblo se halla la rara y única virgen dormida. La virgen del tránsito… para el viaje al más allá… Todo suena ligeramente mortuorio. Pero vamos a verla porque somos curiosos.

Bajamos por la Avenida Corrales y en medio de una plazoleta nos deslumbra una gigantesca lira dorada. “¿Y esto, ahora, qué diablos significa? ¿Qué ángeles bajan a tocar la lira entre la Virgen muerta y el cementerio, qué nueva alusión a la Parca?”

Volvemos a inquietarnos pero el valiente Javier abre su portezuela y desciende con paso decidido a leernos el cartel debajo de la lira que resultó conmemoración de la música… ¡Ay, endemoniada música celestial!
Seguimos por las callecitas de Saldungaray sin ver siquiera un perro y llegamos a la plaza central donde vemos chirriantes hamacas mecidas por el viento, el desproporcionado mástil de Salamone sin bandera, curiosos faroles de Salamone, la municipalidad de Salamone en una esquina con sus líneas art-decó y sus persianas bajas y la Iglesia de Nuestra Señora del Tránsito en un costado, donde vimos a la virgen yaciente pero a ningún alma viva por ninguna parte.
Extraña primera impresión de Saldungaray.
Sin embargo, mientras recorremos el pueblo, descubrimos cosas interesantes –a Javier le encanta la vieja y británica estación de ferrocarril– y nos prometemos volver.

Pasamos por infinitas casas silenciosas derruidas por el tiempo. Me parecen encantadoras.


–Miren el nombre de ese bar: ¡¡¡4 picos!!! –grita Hernán–. Deben ser cuatro los picos del cerro, nomás.
En una viejísima esquina, un viejísimo bar cerrado con un discreto cartel pintado a mano. También Darwin lo llamó Cuatro Picos al cerro Tres Picos. Porque Darwin anduvo por la zona y escaló dos de los picos, nos enteramos después.
Abandonamos el pueblo de trazado triangular pasando por un cartel de Saldungaray con las siluetas del indio y el fortinero delineadas contra el cielo, mirando al naciente uno y al poniente el otro. Proseguimos nuestra ruta a Sierra de la Ventana donde nos tomamos un riquísimo tentempié reparador y vivificante en un jardín muy verde y encantador de una vieja y muy acogedora casona atendida por una amabilísima lugareña.
Jueves: el pueblo resucitado
Volvemos a Saldungaray, esta vez en remís con Claudia, una remisera de Carmen de Patagones muy pasada de ruta, de puchos y de nervios. Ansiosa por irse, nos abandona en el pueblo –no fue eso lo pactado- con la promesa de volver a buscarnos, aunque ella y nosotros sabemos que no. Recorremos el pueblo a pie.
Empezamos por el fuerte de adobe, réplica del fortín Pavón de estancieros o antigua Posta del Sauce. Ubicado fuera de la línea de los fortines de la campaña al desierto, está protegido por el cañadón del Sauce Grande y un foso perimetral que imagino ha sido mucho más profundo en sus orígenes pues lo cruzamos sin esfuerzo y los indios habrían hecho lo mismo. Construcciones de adobe con techos de paja a dos aguas.
Abajo, el cañadón, en el horizonte, sembradíos muy verdes, campos arbolados y las sierras.
Bajamos por el cañón del Sauce Grande, hoy un amable riacho de aguas bajas pero con inesperadas y repentinas crecidas. Cañón con añejos agujeros calados en la piedra.
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–Son nidos de aves –me explica Marina.
“¡Nidos de caranchos!”, imagino, recordando las rapaces de la zona.
Cruzamos el río por un improvisado puente de maderos y nos sentamos en la otra orilla a refrescarnos los pies y contemplar.
Una mujer nada tranquila mientras su hijo gimotea en la orilla, detrás de los árboles, cada vez más fuerte hasta que la pobre madre renuncia a su placentero baño.
Fascinadísima, veo el primer pájaro carpintero de mi vida, con el cuerpo acebrado en blanco y negro, la cabeza roja y el copete negro y coloridos carrinches rojos y negros que bajan al río a tomar agua.
Subimos al camping enfrente del fortín por coca-colas que degustamos bajo una sombrilla Quilmes.
Otra vez el pueblo para nosotros. De a ratos, amigables perros nos acompañan en las caminatas. Andamos por el centro de la calzada de pedregullo con el sol de la siesta encima; forasteros de otros lugares y tiempos.
Nos sentamos a descansar en la plaza central, bajo un enorme árbol, ¿una acacia?
Nos rodean la vieja escuela primaria, la moderna biblioteca enfrente de la municipalidad, la iglesia y un viejo colegio secundario en otra esquina. Un gaucho cabalga a paso lento por la calle principal.
Vamos ahora por las viejas casas detenidas en el tiempo, hermoseadas en su deterioro, casas de puertas-vidriera con visillos y viejos picaportes de hierro negro que invitan a entrar, sin postigos ni cerrojos. Esta vez vemos algunos de los 1.400 habitantes. Una señora rolliza y rubia con un pañuelo celeste en la cabeza nos espía pasar, pero huye de nuestras miradas.


Llegamos al bar de Oscar, lo único abierto a esas horas. Oscar es un señor de edad madura que, con su peluquín negro, posa orgulloso junto a su centenaria máquina express que no ha dejado de funcionar en sus cien años y nos prepara unos cafés bien fuertes.
Los parroquianos nos dan la bienvenida y se suman a las charlas.


Cuatro viejos juegan a las cartas sin prisa ni enojos, como para amansar el tiempo.

Finalmente llegamos a la estación de trenes de Javier, que la estudia y analiza al dedillo.
Gabriela y Marina juegan a sacarse fotos como linyeras, tiradas en los bancos de la estación, acostadas sobre las vías, o trepadas a un extraño vagón de carga con volante.
Las sombras se alargan, la luz en el horizonte se torna amarillenta. Hora de irnos.
Buscamos quien nos lleve. Finalmente, enfrente del bar de Oscar está la casa de la amable Blanca. Blanca usa su auto de remís y con ella anduvimos los 8 km a Sierra, a pura charla.
–Javier, qué tal si compramos un terrenito en Saldungaray y Mariana nos construye la casita. ¿Qué te parece, Marina, si el próximo verano venimos todos aquí?
–¡Ni muerta! –contestó rápido la pequeña.
Pueblito interesante, de pequeñas historias y amables campesinos.

Fotos: Mariana Ventureira y Javier Legris
Marzo 16, 2008 a las 10:34 pm |
! Por fin un road-post local ¡
Muy buenas fotos; en la foto de las dos bicicletas, se ve la cortina de tiritas de plástico que sugería para los mosquitos sanclementinos.
Marzo 17, 2008 a las 8:12 am |
Gran relato. Excelentes fotos. La historia de Salamone es todo un tema aparte …recuerdo haberla leído contada por Forn en “La tierra elegida”. Si no fuera por que la historia es cierta hubiese jurado que la inventó Forn.
Marzo 17, 2008 a las 3:16 pm |
Excelente relato y las fotos.
Lo extraño es que habiendo un lugar tan hermoso como Sierra, se les ocurra irse a Saldungaray. Yo de hecho jamás recorrí esos 8 kilometros porque me decían que era muy feo.
Espero que sigan con esa idea porque está muy buena.
Marzo 17, 2008 a las 11:10 pm |
Excelente historia, relatada en un modo muy original y simpático, muy bién ilustrada. Felicitaciones a Mariana y a Javier, según veo que son los autores. Estos pueblitos de nuestro país merecen algún reconocimiento de aquellos que los visitan. Siempre nos dejan algún recuerdo, por más pequeño que sea.
Sigan recorriendo y dejándonos estas postales tan hermosas.
Marzo 18, 2008 a las 3:15 am |
Que hermosas fotos!
Marzo 18, 2008 a las 2:42 pm |
las fotos estan estupendas!
Marzo 19, 2008 a las 8:59 am |
Recién hoy aterrizo acá: un placer haber leído este relato y un diez para las fotos: cada una de ellas.
Marzo 19, 2008 a las 11:39 am |
Qué buena idea, realización y puesta en relato. Hermoso, poder seguirlos. ¡Que siga! Bonito cementerio para un paseo. Me encantó la variedad de estilo de las fotos, y en especial la de los zapatos y trapitos en la ventana. La virgen dormida es muy graciosa ¿sobre cuatro almohadas? Insólita. Gran envidia por la mujer que nadaba en el río. Un suspiro aparte por los frentes y puertas de las casas. Y el bar de Oscar…
Gracias, Mariana
Marzo 19, 2008 a las 12:28 pm |
Cuando me muera quiero ser como la Virgen del Tránsito, mitad Blancanieves mitad Salvadora. Igualmente espero ir mejor vestido!
Marzo 19, 2008 a las 4:46 pm |
Pero si es La Bella Durmiente, Dasbald! Vos diseñá el atuendo y Janfi se encarga ¿sí?
Aquí hay un problemilla de interpretación: no puede ser la Virgen muerta porque la Virgen María no se murió, fue elevada al cielo! Me parece que estás haciendo trampa.
Marzo 19, 2008 a las 7:55 pm |
bueno, no soy tan bueno en corte y confección, nunca he podido pasar del sufilado;
respecto de María, no creo que D haga trampas; la cuestión de si murió o no es un debate puramente académico, lo que si no se discute es que su cuerpo fue asunto (creo que hay una diferencia entre asunta y ascendida) por lo que no se habría corrompido, degradado, pero si murió o no, no sería dogma-
Marzo 25, 2008 a las 10:41 am |
Muy Buena Historia y excentes fotos!!!