Mi nombre es Alias

Publicado en Ñ: Bob Dylan y el cine

por Quintín

 

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Un secreto obvio que nadie se ha tomado el trabajo de enunciar es que no hay mejor lugar que una sala cine para escuchar música, al menos música popular. Ni el equipo de audio más sofisticado, ni las presentaciones en vivo ni aun los particularmente estimulantes viajes en automóvil producen la euforia de una canción conocida o una voz familiar que irrumpen en una película. La oscuridad, el colorido de las imágenes, el tamaño de la pantalla, la nueva tecnología pueden explicar en parte esta emoción tan especial. Más difícil, aunque la evidencia es abrumadora, es entender por qué la música de Bob Dylan es tan propicia para esa forma de felicidad. IMDB, la gran base de datos de cine en la web, registra 217 películas y series de televisión que utilizaron temas compuestos o interpretados por Dylan, desde Regreso sin gloria hasta Belleza americana, desde Misión imposible hasta Los Sopranos. Dos datos merecen agregarse a este panorama. Uno, que el tema Things have changed de la película Wonder boys ganó el Oscar en 2000 y, desde entonces, el exitismo propio de Hollywood ha hecho que las canciones de Dylan en el cine se multiplicaran. El otro es que, lamentablemente, no lograron salvar todas esas películas.

La relación de Dylan con el cine no se agota en su prolífica contribución a las bandas de sonido. Por lo pronto, siempre según IMDB, el cantante aparece haciendo de sí mismo en 59 películas y programas de televisión. Sus presentaciones públicas, además, ha quedado registradas en un sinnúmero de grabaciones de audio y video. Dylan debe ser el más pirateado de los artistas y la colección de sus albums clandestinos, semiclandestinos y oficialmente clandestinos (los famosos bootlegs) es enorme. Desde que Dylan decidió dar cien conciertos al año, su discografía (confundida ahora con su videografía) se ha hecho inabarcable.

Por otra parte, hay cuatro directores importantes relacionados con Dylan. El primero es D. A. Pennebaker, un documentalista genial que visitó el Bafici en 2007. Dueño de una intuición y un sentido del encuadre extraordinarios para localizar lo que está sucediendo en un momento dado sin ninguna preparación previa, Pennebaker siguió a Dylan en su gira solista por el Reino Unido en 1965. El resultado fue la extraordinaria Dont look back en cuyo prólogo Dylan protagoniza uno de los primeros video clips de la historia. La película transcurre entre conciertos, borracheras, desencuentros con Joan Baez y desopilantes disputas con la prensa, en las que Dylan insiste en que no es el portador de ningún mensaje. La caótica y resplandeciente Dont look back es el primer hito de un relato que se hará leyenda: el del cantante acosado por quienes intentan encasillarlo o utilizarlo. El momento central de esa batalla mitológica (registrado en la película Festival de Murray Lerner) ocurrirá e 25 de julio de 1965 durante el festival de Newport, el día en que Dylan se pasó del sonido acústico al eléctrico y del folk al rock and roll para escándalo de la izquierda que hasta allí lo consideraba un cantante de protesta y un compañero de ruta

Con Dont look back nace también cierta fascinación de Dylan con el cine. Frente a la cámara de Pennebaker y su vocación por la verdad, advierte rápidamente una paradoja: que no hay mayor posibilidad de ficción que la que ofrece el documental. Pennebaker aclararía después que, al principio, Dylan se sorprendió frente a su mirada indiscreta, pero en seguida empezó a actuar conscientemente para la cámara. Entre Dont look back y Disparen sobre el pianista, la más godardiana de las películas de Truffaut, Dylan descubrió que el cine servía para jugar, improvisar y simular, actitudes útiles para una concepción circense del espectáculo que siempre estuvo en la base de sus temas y de sus actuaciones. El arte de Dylan está intrínsecamente ligado al disfraz, a la máscara, al cambio de identidad y a la falsificación, incluyendo la imaginería de sus canciones y la deriva de su propia voz, que nunca tendrá un timbre ni una entonación definitivas. Para ampliar su esfera artística, convencido de que no hay distancia entre el documental y la ficción, Dylan se propuso dirigir una película. Durante la siguiente (y extremadamente tumultuosa) gira inglesa de 1966 contrató a Pennebaker como cámara para filmar el material de Eat the document que cuestiona la idea documental desde el título mismo y resulta ligera, relajada y fallida: apenas sirve para ver a Dylan bromear con John Lennon y cantar con Johnny Cash.

El siguiente hito en la vida cinematográfica de Dylan ocurre en 1972. Es su participación como actor y compositor en Pat Garrett y Billy the Kid de Sam Peckinpah, obra manierista y mortuoria de un cineasta con más estilo que envergadura artística. Pero la música incidental es perfecta para el tono de la película y el tema Knocking on heaven’s door resultará uno de los dos himnos más reconocibles de Dylan, acaso un poco menos pegajoso que Blowing in the wind. La actuación, en un papel con más crédito que metraje, es la un tímido que hace de tímido, un cuchillero que responde al nombre de Alias. ¿Alias qué?, le preguntan. Alias lo que más le guste, responde Dylan, el hombre de las mil caras o de ninguna.

En 1975, Dylan intenta su asalto más ambicioso al cine. Es una película de cuatro horas, Renaldo and Clara, pensada como complemento de una gira norteamericana llamada The Rolling Thunder Revue, organizada como un gran show, una especie de kermés itinerante con artistas invitados, desde Allen Ginsberg hasta Joni Mitchell. Dylan contrata a Sam Shepard (que terminaría publicando una desabrida crónica del evento) como una especie de coguionista, pero finalmente es él quien la escribe, dirige y edita. Gran fracaso comercial y crítico, es una rareza absoluta. Dylan y su primera mujer Sara Lownds hacen de Renaldo y Clara, un matrimonio en dificultades (como las que atravesaban en la vida real) durante una gira musical. Ambos actúan las disputas por las infidelidades del cantante y hasta aparece Joan Baez como tercera en discordia, mientras que Ronnie Hawkins es quien responde al nombre de “Bob Dylan”. Una vez más, Dylan es otro. En los conciertos, los músicos aparecen maquillados o enmascarados y los momentos de ficción son generalmente improvisados y un poco siniestros. No hay un argumento ni una estructura dramática y los diálogos son erráticos, lo que le comunica una enorme libertad a la película y le confiere un extraño encanto. Así como Eat the document precede a la gran crisis por exceso laboral de Dylan en 1966, Renaldo and Clara anticipa su inminente divorcio. El cine puede ser también una forma de exorcismo.

En las dos décadas siguientes Dylan participará como actor en películas más o menos mainstream y en numerosos videos musicales. Pero recién en el siglo XXI, la relación de Dylan con el cine florecerá en tres películas esenciales que darán forma a su biografía artística definitiva. En el lapso de pocos años se encadenan Masked and anonymous (2003), No direction home (2005) y I’m not there (2007). La primera, dirigida por Larry Charles, está escrita (con seudónimo) y protagonizada por Dylan, que interpreta a un cantante preso de un dictador bananero —que en realidad es su padre— y a quien unos productores inescrupulosos sacan de la cárcel para un concierto benéfico (que, de nuevo, se celebra en una especie de circo). Es un vodevil alegórico, con mensaje, contra el negocio del espectáculo y los medios que intentan destruir a un artista mientras lo promueven. Pero el mayor villano de la película es el periodista de rock encarnado por Jeff Bridges, el tipo que cree saberlo todo y usurpa el lugar del artista desde su narcisismo. Al final, Dylan vuelve a la cárcel, falsamente acusado. El clown resulta sacrificado, es un doble de Jesucristo.

No Direction Home, de Martin Scorsese, es un documental de gran formato (cuatro horas en 35mm), notable por la calidad del material de archivo y la obsesiva reconstrucción del pasado. También es la historia oficial de Dylan, la que fija definitivamente la leyenda. El relato se interrumpe en julio de 1966, cuando el artista sufre su famoso (¿y falso?) accidente de moto. Hasta allí hay un crescendo que parte desde la infancia en el Medio Oeste, la llegada a la escena bohemia y politizada de Nueva York, el ascenso fulminante de un autor e intérprete de excepcional talento, la huida del abrazo mortal de folcloristas y militantes hacia la esfera más estimulante del rock and roll, el precio y los peligros de la fama. Los testimonios confirman el misterio de Dylan. Frente a una enorme jarra de cerveza, el cantante de baladas irlandesas Liam Clancy declara que su viejo amigo es un médium hablado por profundas voces interiores. Dylan, casi viejo, casi sereno, un sobreviviente de las catástrofes del rock and roll, vuelve a hablar de sus acosadores. “La gente como vos”, le dice al crítico que lo entrevista, los que quieren que diga más de lo que quiere decir para poder fijarlo y anularlo.

Pero ¿cuál es el verdadero Dylan? Todd Haynes declara resuelto el enigma en I’m not there. No hay un Dylan, nos dice Haynes, sino muchos. Al menos siete: el poeta, el trovador, la estrella, el mentiroso, el cowboy, el predicador, el rebelde y utiliza distintos actores para hacer del protagonista. Es un fantasma, un duende que no está nunca ahí y de él no puede asegurarse ni siquiera el sexo: Cate Blanchett hace del Dylan de su momento más creativo, e imita con gracia insuperable al personaje que supo captar Pennebaker entre 1965 y 1966 en el pico de su carrera. I’m not there es una parodia pero también un espléndido homenaje que respeta esa identidad secreta y múltiple, tan bien guardada, tan rehacia a las interpretaciones.

“Lo sagrado está en lo ordinario”, sugiere Dylan en un momento de Renaldo and Clara. Es que la multiplicidad de personajes y el juego de máscaras buscan preservar algo más que la intimidad de un ídolo: ese núcleo que Dylan eligió como su origen y al que vuelve en cada crisis, en cada vuelta de su convulsionada biografía, de su larga cabalgata por mujeres, religiones y estilos musicales. Es el placer de una música sencilla que nació en el sur de su país y adquirió forma de blues, jazz, country, gospel, folk, rock, soul y que un chico judío de Minnesota solía escuchar en sus días de radio, que eran también sus días de cine. Esa música, parece decir la obra de Dylan, no admite otro juez ni otra tutela que su propia historia. Tal vez por eso suene tan bien, aun para la mayoría del mundo que no entiende sus letras.

 

10 comentarios para “Mi nombre es Alias”

  1. uca Dice:

    A este artículo deberían traducirlo y publicarlo en todos los idiomas posibles. Grande Q.!
    Ojalá estuviera a unos pocos cientos Km de la cancha de Velez para ir a ver a Dylan, total, la visita es para cada uno de nosotros porque nos va a “contar su propia historia”

  2. uca Dice:

    cientos de Km

  3. Anónimo Dice:

    Muy buen artículo, lo leí en su momento. Yo vivo cerca de Vélez, pero estoy empty-pocketed.

  4. laputaquelopario Dice:

    Muy bueno el artículo, Q.
    Vi I’m not there, me pareció bastante buena y estoy seguro de que si la vuelvo a ver me va a parecer mejor. Haynes tiene un buen antecedente en ocuparse de “leyendas” del rock. Esta semana terminé de bajar No direction home pero no enconté un tiempito para verla. El artículo me llamó la atención particularmente sobre Masked and anonymous, espero poder conseguirla.

    Me voy a ver a Dylan (perdón por la frivolidad). Alias, para los enemigos.

  5. viviendoenlafrontera Dice:

    Dylan se asomó a la frontera y la atravesó en su momento en muchos aspectos de su vida.
    Un articulo interesante.

  6. santiago Dice:

    Había leído la nota en Ñ, y está muy buena (algo que no asombra tratándose de Quintín), pero…en el diario de la Viennale, ¿no habían dicho que la película de Haynes era ‘decepcionante’?Aclaradme el punto, por favor (si tenés ganas, báh)
    Hablando de Dylan, anteanoche tocó en Cba. capital, me quedé con las ganas (no estoy táaaan lejos, pero me fue imposible hacer el viaje…grrrr!!!)

  7. lalectoraprovisoria Dice:

    Santiago, tenés razón con lo de la película de Haynes en la Viennale. Yo, desde entonces, no la volví a ver. Pero Q se la bajó de Internet, la vio de nuevo y le gustó más.

    F

  8. yonamoe Dice:

    Chapó, un artículo genial.

    http://epicadeunnuevomundo.wordpress.com

  9. Arqueck Dice:

    Por supuesto, amo a Dylan. Pero no me parece que sea mil personas sino una sola. No hay gran variación en su obra sino la evolución temporal.
    Bowie y Charly García, por dar dos ejemplos populares-populosos, se explican en cambios… pero Dylan es Dylan, la máscara que se puso una vez.
    Luego no lo ví cambiar mucho.

  10. Carlos Cossi Dice:

    Muy bueno el artículo. Dylan me hace acordar a Ford, otro tipo sustantivo pero elusivo y reacio a la portación de mensajes y especialista en despistar críticos y periodistas.

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