Así dice Stevenson
por Flavia de la Fuente
Retomo el tema del post de ayer sobre Buenos Aires. Con Q vinimos a San Clemente, en busca de una nueva vida. Una vida menos mundana, más austera y libre. Acá no hay que tomar taxis, no comemos afuera, no hacemos vida social, no hay nada que consumir. En San Clemente hay más tiempo. Los culpables de que estas ideas se me metieran en la cabeza desde muy joven fueron R. L. Stevenson, Thoreau, Rousseau y Tolstoi, que me dieron el firme mandato de recluirme en la naturaleza y tratar de llevar una vida lo más desprendida posible del mundo material. O así lo entendí yo.
En diciembre pasado, me encontré con este librito que nunca había leído, Moral laica de R. L. Stevenson. No saben cuánto me perturbó. Desde que lo leí enloquecí a los habitantes (transitorios y permanentes) de la Sede Central con las reflexiones de Stevenson que no hicieron más que confundirme y hartar a mis acompañantes.

Junto con el texto de Stevenson, resonaban en mi cabeza frases de otros amigos. Por ejemplo, recuerdo a Avi Mograbi, el cineasta israelí, que me dijo: “En Buenos Aires no se puede vivir sin ser cómplice del sistema. Uno ve a los niños en la calle, a la gente durmiendo en el suelo y no dice nada (o no hace nada). Y después, un día, ya ni los ve. Uno se convierte en responsable de esos hechos.” Para ese entonces, nosotros ya vivíamos en San Clemente, así que nos sentíamos tan libres de culpa como él.
Pero el asunto no era tan simple. No bastaba con rajar de las miserias porteñas. Uno es culpable esté dónde esté. No vale el “ojos que no ven…” En Moral laica, Stevenson analiza los diez mandamientos y dice, a grosso modo, que son una perogrullada. “Un hombre no se perderá en la vida si no mata, ni deshonra a sus padres ni comete adulterio, ni roba o levanta falso testimonio; porque los mandamientos, adecuadamente considerados, cubren un amplio territorio del deber.” Pero también dice “…¿qué supone esto para mí, que apunto más alto y busco ser mi juez más riguroso?” Y responde: casi nada. Una cosa es la ley, la policía, y otra es la moral, aclara Stevenson más abajo.
Y hablando de policía —permítanme que abra un paréntesis— noté con desagrado que este sitio está lleno de gente que se mete con la vida de los demás. ¿Qué les importa si a mí me gusta desayunar con champán y almorzar langosta o foie gras? ¿Por qué se molestan con las mujeres que necesitan tener una mucama? ¿Todavía no aprendieron que cada uno hace lo que puede para seguir tirando del carro? Y que mientras no se haga nada fuera de la ley, no hay que juzgarlo. Pero, ¡maldición!, otra vez caí en la trampa. ¡Me acabo de contradecir! ¡Yo también estoy juzgando a los buchones y no hay ninguna ley en contra de ellos! Hoy todo me parece una situación sin salida. ¿Cómo hablar sin juzgar? Parece difícil. Mejor me callo y continúo con los problemas que plantea Stevenson.
Prosigamos, entonces, con el complicado “no robarás” de Stevenson, quien afirma que es una expresión larga y ancha, como decía Adolfo, un tío abuelo comunista que frecuentaba mi casa cuando era chica. Veamos qué nos dice en Moral laica, a propósito del robo y los hombres de letras:
“Cada muestra de trabajo que no sea tan buena como puedas hacerla, a la que hayas dado un visto bueno imperfecto y haya sido exiguamente pensada, pobre de ejecución, ante la humanidad que es tu pagadora bajo palabra de honor y es en cierto sentido tu alumna, toda actuación apresurada, o descuidada o falsa, debería levantarse contra ti en el tribunal de tu propio corazón y condenarte por ladrón.”
Stevenson afirma que todos robamos, él mismo y también su vecino. Y tiene razón. ¿Cómo vivir y comer tranquilo mientras hay millones de personas que no pueden hacerlo? ¿Cómo poseer una casa con ambientes de más y gozar de cobijo y confort mientras que en ese espacio se podría albergar a mucha más gente? No importa si la casa la ganó uno con el sudor de la frente, si la heredó o lo que sea. No hay escapatoria. Poseer es robarle a quien no tiene, es hacerse el distraído. Stevenson no encuentra una solución más que un vago “hacer el bien por la humanidad” a manera de reparación.
Yo tampoco le encuentro la vuelta al problema. Y parece que aún nadie la encontró. Basta ver cómo está el mundo para notar que hay muchos confundidos, sobre todo los políticos.
Pero, dado que no soy política ni lo quiero ser, lo único que se me ocurre es huir. Salir ya mismo a deambular por el mundo, solo con lo puesto y vivir de la caridad ajena. Convertirme en una especie de monje chino que hace un culto del desprendimiento. Nueve días sin comer, y con suerte, un puñado de arroz. Caminar descalza hasta que me sangren los pies. Todo eso estaría bien. Adiós deudas, adiós tarjetas de crédito, adiós culpa, al fin yo también seré parte de los desheredados de este mundo. Pero hay un pequeño problema. No me animo. Ya fracasé en mi intento de igualar a Tolstoi en su severa austeridad. Ni siquiera soy capaz de hacer todas las tareas domésticas ni de autoabastecerme. Me muero de miedo si me cruzo en mi camino con un perro que me mira fiero. El frío me marea (y el calor también). Pero la verdad es que me encantaría ser la monje atea Flavia. Sería una experiencia liberadora. Para colmo, Q no me acompañaría. Yo no sería como Basho que salió de viaje con su fiel compañero Busson con el solo fin de errar por el campo mientras escribían haikus y hacían dibujos. Ni tampoco como Don Quijote y Sancho Panza. Mi Busson no siente ninguna culpa por estar en casa, quiere tener el fútbol codificado, comprarse todos los libros del mundo y comer las mil y una delicias que encuentre a su alcance. Así que me voy a tener que quedar acá, con mis libros, mis plantas, mis fotos, mi playa y mi Busson. Mi peregrinación se restringirá a caminar hasta la eternidad por el borde del mar. No parece un triste destino, aunque sí un tanto mediocre.
Amigos, dado que todos estos asuntos menores como la justicia social y la igualdad de oportunidades en el planeta Tierra me siguen perturbando, los dejo con un relato, acaso autobiográfico, de Stevenson que trata del mismo tema, pero en forma un poco más ordenada.*

Dice así:
“Era un amigo mío, un hombre joven como otros; generoso, caprichoso, voluble como la juventud misma, pero siempre de impulsos elevados y a la búsqueda de pensamientos más nobles sobre la vida. Te diré de inmediato que está completamente de acuerdo con el octavo mandamiento. Pero algunas obras estimulantes cayeron en sus manos, el Nuevo Testamento entre otras, y esto desentumeció su visión de la vida y le condujo a muchas perplejidades. Como era hijo de un hombre de cierta posición y bien establecido, mi amigo había disfrutado desde el principio de las ventajas de la educación; no sólo eso, había sido mantenido vivo a lo largo de una niñez enfermiza gracias a cuidados constantes, comodidades y cambios de aires; por todo lo cual estaba en deuda con la fortuna de su padre.
En la universidad encontró a otros muchachos más diligentes que él que se dedicaban a tareas del campo en verano para pagarse la matrícula en invierno y esta desigualdad le afectó en cierto modo. Era en esa época de temperamento cambiante e insaciablemente curioso sobre las apariencias de la vida y así, pasaba gran parte de su tiempo entablando relación con toda clase de hombres y mujeres. De este modo vino a dar con muchas ambiciones arruinadas, muchas inteligencias atrofiadas por falta de oportunidad, y esto también le hizo mella. Empezó a percibir que la vida era una carrera basada en extraños y poco éticos principios y no, como le habían dicho, una prueba igualada y justa. Empezó a temblar porque él hubiese sido injustamente favorecido cuando veía todas las avenidas de la fortuna, poder y comodidad, cerradas para tantos de sus superiores e iguales, e incesantemente abiertas ante un ser tan perezoso, indiferente y disoluto como él. Se sentaba junto a él en los bancos de la universidad un joven que sólo poseía una camisa para su espalda y, a intervalos suficientemente espaciados, debía quedarse en casa para que se la lavaran. Tenía mi amigo por principio hacerse la rata tan a menudo como se atrevía porque me temo que no era amigo de estudiar. Pero hubo algo que lo conmovió profundamente en este compañero que tenía que dejar de ir a clase hasta que su camisa hubiese sido lavada y en los incontables otros que nunca habían tenido una oportunidad. ‘Si uno de ellos pudiera ocupar mi lugar’, pensó; y la idea quitó un velo de sus ojos. La vergüenza de sus descubrimientos le remordía y se despreció a sí mismo por ser un privilegiado indigno y una criatura de los bajos fondos de la Fortuna. Ya no podía ver sin confusión uno de estos bravos jóvenes batallando montaña arriba contra la adversidad. ¿No había escamoteado el derecho de nacimiento de ese muchacho? En el mejor de los casos, ¿no se estaba aprovechando fríamente de la injusticia de la sociedad y devorando ansiosamente bienes robados? El dinero, es cierto, pertenecía a su padre, que había trabajado y pensado y entregado su libertad para ganarlo; pero, ¿por qué razón iba a pertenecer el dinero a mi amigo que no había hecho nada aún excepto ayudar a malgastarlo? Una honestidad más enérgica unida a un carácter más justo e imparcial, habrían extraído de estas consideraciones un nuevo impulso de esfuerzo, de manera que esta equívoca posición llegase a término lo antes posible y algunos buenos servicios prestados a la humanidad justificasen la apropiación del gasto. No fue así con mi amigo, que sólo estaba turbado y falto de coraje y lleno de esa estrepitosa indignación con la que los jóvenes consideran las injusticias en la primera impresión de la juventud, aunque tras unos pocos años dócilmente se conformen a su existencia y se aprovechen deliberadamente de sus complicaciones. Mas todo este tiempo era presa de innúmeras punzadas de ira y una vez, cuando se puso sus botas, como cualquier otro burro inmaduro, para escaparse de casa, fue su mejor consuelo que ahora iba de un plumazo a liberarse de la responsabilidad de esta fortuna que no era suya, y a competir igualmente con sus compañeros en el campo de batalla de la vida.
Poco tiempo después, cayó enfermo y se le envió con grandes gastos a un clima más favorable; y entonces creo que sus dudas aumentaron. Cuando pensaba en todos los otros jóvenes de futuro prometedor, elevados, buenos, sin el apoyo de la familia, que debían quedarse en casa para morir, con todas sus posibilidades para la vida y la humanidad perdidas; y cómo él, por un favor más, inmerecido, había sido elegido de entre todos ellos para sobrevivir, se sentía como si no hubiese vida, esfuerzo, devoción de alma y cuerpo, que pudiese devolver y justificar estas parcialidades. Una dama religiosa a quien confió sus reflexiones no vio en ellas fuerza alguna. ‘Fue la voluntad de Dios’, dijo. Mas él sabía que por la voluntad de Dios Juana de Arco había sido quemada en Rouen, lo cual no perdonaba a Bedford ni al obispo Cauchon; y también por la voluntad de Dios Cristo había sido crucificado en las afueras de Jerusalén, lo cual no excusaba el odio de los sacerdotes ni la tibieza de Pilatos. Más aun, sabía que aunque la posibilidad de este favor que ahora estaba disfrutando provenía de sus circunstancias, su aceptación era un acto de su propia voluntad; y él lo había acogido ansiosamente, ambicionando descanso y luz de sol. Y así, este alegato de la divina providencia hizo poco para aliviar sus escrúpulos. Te aseguro que su mente estaba muy confusa. Y si yo fuese tú, no me reiría de que mientras estaba haciendo una montaña de lo que en tu opinión es un grano de arena, estuviese a la vez alegremente practicando, como quizás lo estaba, muchas otras cosas que te podrían parecer tan negras como el infierno. Todo hombre es su juez y guía de montaña a través de la vida. Hay una vieja historia sobre una mota y una viga, aparentemente no verdadera, pero digna tal vez de alguna consideración. Si yo fuese tú, dedicaría alguna reflexión a estos escrúpulos suyos, y si fuese él, haría lo propio con los tuyos; pero no es improbable que algo se oculte bajo ambos. Mientras tanto te contaré cómo actuó. Como muchos inválidos, supuso que moriría. Si moría, no veía manera de devolver este gran préstamo que la humanidad, a través de las manos de su padre, le había adelantado para su enfermedad. En ese caso, sería dinero perdido. Así que decidió que el adelanto fuera lo menor posible Y mientras continuó dudando de su recuperación, vivía austeramente y se ahorraba todo excepto lo esencial. Mas pronto como empezó a percibir un cambio a mejor, se sintió justificado en gastar más libremente para acelerar y alegrar su retorno a la salud y confió en que en el futuro prestaría su ayuda a la humanidad, cómo ésta, de su tesoro, le había brindado una ayuda a él.
No digo que mi amigo no fuese bastante singular y parcial en su juicio; ni que no pensase demasiado en sí mismo y demasiado poco en sus padres; pero sí afirmo que hay aquí algunas dudas que le atormentaron en su juventud, y todavía, quizá, alguna vez le acosan en medio de su gozo, y que tienen después de todo algún fundamento en la justicia y apuntan, en su confusa manera, a alguna honestidad más honorable al alcance del hombre. Al menos, ¿no es ésta una glosa poco frecuente sobre el octavo mandamiento? Y ¿qué clase de alivio, guía o iluminación concedió ese precepto a mi amigo a lo largo de todos estos debates? ‘No robarás.’ ¡Con todo mi corazón! Pero, ¿lo estoy haciendo?”
*Ahora no tengo fuerzas pero mañana prometo mejorar la traducción de Miguel Angel Bernat, que me parece prácticamente ilegible, y que copié del libro Moral laica de editorial Acuarela.
Fotos: Flavia de la Fuente
Marzo 11, 2008 a las 7:39 pm
Q venís a la presentación del libro de fogwill?? En el blog de Link te anuncian junto a Horacio González, Fogwill y Link, combate de pesos pesados, el miércoles próximo en el malba.
Marzo 11, 2008 a las 7:40 pm
¿ Cómo se hace si el hombre que creó el sistema, basado en principios humanistas, terminó traicionándose?¿es la culpa de la pequeña burguesía o la culpa es el mal de la pequeña burguesía?¿Porqué sentirse tan culpable si cuando se ha podido ayudar a quien ha necesitado se lo ha hecho?¿Es un problema individual?¿Tendrá que ver con el poder?
Marzo 11, 2008 a las 7:56 pm
Creo que tu texto tiene mucho que ver aon el anterior de Crates, Cínico, en el cual justamente hice un comentario que apunta a lo que vos decís. Si la vida miserable de Crates le sirvió para mejorar su alma y con ella las de los demás a través de sus enseñanzas, entonces valió la pena, pero si se murió de hambre, solo y abandonado, entonces no encontró nada ni sirvió a la humanidad. Dado que somos seres individualmente únicos e irrepetibles, la justificación de cada uno es también única e irrepetible. Cada uno con la suya y a rendir cuentas a su conciencia y al Dios en el que crea (if any).
Marzo 12, 2008 a las 12:25 am
¿No será que Stevenson era comunista?
Marzo 12, 2008 a las 1:50 am
Q, ¿de verdad te vas a juntar con todos esos? Tenés aguante.
Marzo 12, 2008 a las 5:08 am
Gracias Flavia, un verdadero hallazgo: no había leído el ensayo y me cae, hoy, como anillo al dedo.
Ahora en eso de que ” Stevenson no encuentra una solución más que un vago “hacer el bien por la humanidad” a manera de reparación” no estoy de acuerdo. No creo que por simple o aparentemente obvia, su solución sea vaga.
Aca encontré el texto original, en inglés, para algún curioso…
http://dinamico.unibg.it/rls/essays/laymor/lm-1.htm
Adieu…
Marzo 12, 2008 a las 5:27 am
El paréntesis expresaba real angustia. Por suerte fue un paréntesis y seguimos con Stevenson.
Marzo 12, 2008 a las 9:44 am
qué chic tener un tío abuelo comunista
Marzo 12, 2008 a las 10:05 am
Yo no soy ladrona ni lo quiero ser, trato de juzgar actos y no personas y hace rato que he dejado la juvenil pretensión de salvar a la humanidad toda.
Trato, sí, de ayudar al más próximo en la medida de mis posibilidades que no se agotan en una simple moneda. Como dice Janfi, cada uno con su propia conciencia y, podría agregar, cada uno con sus propios dones que, dada su gratuidad, deben ser bien usados y compartidos.
Aplaudo y los felicito si pueden desayunar con champán, almorzar langosta o foie gras y tener mucama que recoja las miguitas ¿que me aportaría a mí si esto no sucediera? No seamos hipócritas, es mucho más fácil condolerse del desposeído que alegrarse con la alegría del otro.
‘Si uno de ellos pudiera ocupar mi lugar’… de eso se trataba la cosa. Regalarle una camisa hubiese sido una solución momentánea; ponerse en su lugar (en el doble sentido) hubiese sido comprender al otro, darle posibilidad de descanso, hacerle sentir un abrazo fraternal y solidario que perduraría en la piel mucho más tiempo que la tela de la camisa.
Perdoname Flavia, pero no me hago cargo del título… yo no soy ladrona ni lo quiero ser y vivo muy tranquila sin pensar que los demás son ladrones de lo que me falta. Eso me da posibilidad de pensar por qué me falta e ir en busca de ello si tanto lo necesito.
Sigan disfrutando del tiempo que San Clemente les regala, que no es poca cosa porque también se nos regala a quienes los leemos.
Abrazo grande.
Marzo 12, 2008 a las 10:29 am
Flavia,
El Zen es tu Camino. No lo olvides. Beso
Marzo 12, 2008 a las 11:34 am
Daniel, soy recontra chic. Toda mi familia era comunista, por parte materna y paterna.
F
Marzo 12, 2008 a las 2:36 pm
entonces lo chic hubiera sido tener un tío monárquico
Marzo 13, 2008 a las 9:00 am
Flavia, la perplejidad que sentís la comparto.Acá tenés otro monje ateo para tú causa. De todos modos pienso que se puede ayudar al prójimo por fidelidad al placer. Recuerdo un aforismo de Cioran:nadie se jacta de ser feliz. Si no entendí mal el maestro Deleuze dice algo así como que para escapar de la carencia y la pulsión de muerte el único camino es el robo (obvio que no se refiere al afano literalmente, el que habló del zen en joda creo que sin querer queriendo la pego, vacio zen) into the void… un abrazo.
Marzo 15, 2008 a las 1:36 pm
Muy interesante lo de Stevenson, Flavia, no conocía ese libro, lo voy a conseguir. Su argumento contra los mandamientos es muy bueno y sirve para criticar toda moral que pretenda reducirse a códigos antes que a principios, a reglas antes que a ideas.