¡Nínive!

por Gustavo Chanampa

Lento y penoso ascenso el de la muchedumbre allá ladera abajo. Desde la altura vemos el reguero de almas sufrientes avanzar despacio bajo el fuego calcinante. Sabemos lo que se padece. El sol reseca las paredes del cráneo, el polvo se mete entre los dientes, y queda una larga espera que sólo consiste en subir y avanzar sin pausa. Trabajoso andar de insectos con las espaldas doblegadas por el peso, suben los tristes ahorrando movimientos para mitigar la fatiga.

Las escalinatas talladas en la piedra virgen de la ladera serían un consuelo si no fueran eternas. Miles de escalones por los que asciende la multitud agobiada por el sol, que quema más en la altitud sin el alivio de una mínima brisa, porque el aire está como enclaustrado y sólo sabemos que existe por el vuelo circular de las aves de rapiña sobre nuestras cabezas. Así ascendemos varios días, siempre por escalera, con tal de pensar en otra cosa uno cuenta peldaños y, atontado por el calor, pierde la cuenta para volver a empezar. La ladera termina en seco en una explanada que la muralla corta a noventa grados. Vista de lejos es como una media montaña, un descomunal plano inclinado con una escalinata que parece dirigirse hasta el mismo cielo, desde la base hasta la cima, con grandes descansos calculados para aliviar la subida. (Si ahora hubiera nubes, caminaríamos a ciegas). El ascenso culmina en una enorme meseta cubierta de losas hexagonales donde lo primero que uno siente, además del desconcierto de los últimos escalones, es la casi celestial sensación de alcanzar la cúspide. Porque quien camine hasta los adarves —los enfermos de altura lo presienten a la distancia y por eso no se acercan— asistirá al espanto del borde, los miles de bloques de piedra volcánica hacia abajo, irregulares y perfectos, en cuyas junturas (como ya se ha documentado sobradamente) no entra la hoja de un cuchillo. Aun así, hay incautos que se asoman y retroceden como ante un mal olor con el abismo en fuga, lo que explica el influjo pavoroso y fascinante que ejercen las grandes alturas. En el borde, que a la distancia parece dentado, almenas y torretas espaciadas a intervalos iguales. La simetría del conjunto evidencia una entidad pensante superior, pero lo que más intimida de esta brutal arquitectura que nos contiene son las dimensiones, que nos hacen parecer insectos, si es que acaso no lo somos. Los de allá abajo, casi todos, cada tanto, se detienen en los descansos bajando la caja de la espalda y se sientan a un lado viendo pasar al resto. Algunos desgraciados la han perdido escaleras abajo; si se les escapa de las manos baja resbalando como un trineo por las escalinatas, hasta que alguna arista golpea de lleno contra un peldaño y comienza una caída a los tumbos y pronto son tablas sueltas que los demás esquivan como pueden. Nadie voltea a ver la desgracia ajena, se mantienen como indiferentes al escarnio de los que acaso no conocerán el porvenir. Y nosotros aquí arriba, en la cima, mirándolos llegar sin término con un aire de rendición. Los más antiguos y vetustos andan con tanta cautela entre las aristas de piedra por temor a deshacerse con un golpe o con una caída. Y con eso no se juega, porque acá no estamos hablando de una caída en la bañera en el invierno de la vida, es otra cosa, es el regreso al polvo lo que se teme. Los casos de decrepitud extrema y las urnas fueron los primeros en ser subidos y ya están arrumbados a un costado de las almenas. Y el sol es un fuego blanco que junto con la muerte nos reseca a todos, porque, ya se sabe, si hay un enemigo de los muertos no es el agua, sino el fuego.

 

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Hace ya tres días del éxodo desde el cementerio. El agua salitrosa empezó a brotar por todas partes, los pedestales y las cruces hundidos en el suelo inestable, el derrumbe de túmulos y criptas, y en el medio de esa ruina todos nosotros, como recién nacidos de la tierra y a la intemperie. De inmediato los rumores sobre el desborde de la napa que pasa por debajo del cementerio, que con la retirada del agua, como quien dice, cada carancho a su rancho. Después se corrió la voz de que lo de la napa no era sólo un percance que venía a interrumpir nuestro sueño, sino a causa de supuestos cataclismos continentales. Y como si fuera poco, después de la inundación, el diluvio. Agua por arriba y agua por abajo. A las cinco de la tarde fue de noche, la tormenta arreció con más fuerza azotando los álamos y repicando en las losas, y todos andábamos tropezando con las cruces y los promontorios. Debajo de las cornisas y los aleros, los comentarios sobre el estado luctuoso del tiempo y, después de todo, el injustificable deterioro de los inmuebles, con los costos de manutención y las tasas catastrales que se cobran. Muchos suben a los techos de los panteones y monumentos, y los más cobardes trepan hasta los brazos de las estatuas de los santos. Tampoco faltan los vivos —dicho esto sin intención— que aprovechando la posesión de un ataúd sin filtraciones deciden permanecer en ellos cerrando la tapa para resguardarse del agua. Así que pronto se difunden advertencias contra estas peligrosas iniciativas personales. Se aduce que, de subir el nivel del agua, el finado podrá despertar en cualquier parte, acaso en el medio de un canal de desagüe o un río caudaloso, librado a su suerte y separado de la comunidad.

Y no hay glorias pasadas ni magnificiencia que valgan. El imponente mausoleo en mármol negro de don Torcuato, por ejemplo, con sus tulipas y rosas mustias de bronce ennegrecido por las décadas es una ruina lamentable contra el fondo doliente del camposanto: lápidas y cruces torcidas que la cortina de agua vuelve borrosos, como si se los viera con los ojos llenos de lágrimas. El viejo chapalea esquelético en el barro, del que emergen las manitos de sus querubines de alabastro a la luz violenta de los relámpagos, buscando la placa de conmemoración con treinta firmas de la Sociedad Rural.

Uno de la fosa común, un anarquista que había hecho volar a un militar de escuela en un atentado y se jactaba de que sus partes habían sido encontradas en las terrazas, se burla de don Torcuato.

—Esa cosa te va a desfondar la mortaja.

En los pabellones de los nichos la situación es diferente. Allí el problema no es el agua sino la claustrofobia, así que pronto se organizan grupos provistos de hierros o pilares de mármol con la finalidad de quebrar las bóvedas de los enclaustrados, lo cual es tarea urgente, porque una cosa es estar emparedado muerto y otra despierto. Y hablando de fobias, un hombre se nos acerca para preguntar sobre los próximos pasos a dar. Se le informa que en un par de horas, cuando se reúna a la población, procederemos al éxodo. Nos dice que si su mujer tiene que pasarse escondida un minuto más es probable que se vuelva loca porque padece de hagiofobia; como no se comprende el término, explica:

—Es un temor morboso de las cosas y lugares santos, como las iglesias o los cementerios.
Ambrose, Silas y algunos intolerantes hacen aspavientos como implorando al cielo.

—Dónde la tiene —preguntamos.

—Allá, en el subsuelo de esa cripta de granito. El agua no entró de milagro. La ventilación está a altura.

—Dígale que en un momento va un capellán a sostenerle la mano durante el trance. Mientras tanto, saque algún tema de conversación, háblele del tiempo, cántele una canción.

En la fosa común todo es confusión. La frustración de no tener ataúdes, además de la laya canallesca de sus moradores, desencadena en disputas por cráneos y otras piezas que varios adjudican a su propia osamenta en una rebatiña innoble, donde, sin importarles la procedencia de los restos, terminan probándose cavidades escápulo-humerales o ilíaco-femorales, empecinándose, incluso, con partes que no encajan porque evidentemente no corresponden a sus despojos. Al respecto, se difunde pronto que los denominados despojos mortales estarán comprendidos sólo por el conjunto de piezas óseas, porque entendemos que la falta de recipientes estancos —los cálices y floreros no alcanzan para todos— nos exime del traslado de materia viscosa.

Lo demás son hijos ayudando a padres a salir del barro, esposas tirando de sus maridos, nueras empujando suegras. Y hay hasta el caso de uno que no quiere salir y con una mano descarnada por la rendija del cajón atrae fango hacia su fosa. Aunque el ataúd pesa diez veces más porque se ha llenado de barro, varios se afanan sin hacer caso de los insultos por el descanso que es sagrado y los alegatos sobre el libre albedrío.

—¡Déjenme morir tranquilo, carajo! —se emperra el tipo y trata de taparse con más tierra.

Tanto lo molestan que por fin saca el cráneo pelado de entre los grumos.

—¿Ven esto? —y buscando ser elocuente se mete un dedo en el orificio en la sien derecha—. Me lo hice yo mismo.

Como el argumento no convence —ya que para quienes desprecian la vida la justicia tiene un apartado especial—, varios empiezan a tirar de las anillas y exhuman el ataúd, pese a las súplicas del finado para que lo dejen descansar en paz y las maldiciones contra los profanadores.

Lo bueno es que al salir a la superficie la lluvia lava el barro dejando los huesos como nuevos. Cuando se logran exhumar hasta las generaciones más antiguas las calaveras resignadas bajo la lluvia llegan a cientos de miles.

Y entonces, la procesión de difuntos que traspone las rejas carcomidas por el orín y el salitre, hundiendo las tibias en el lodo, todos vistiendo la gala pútrida de la muerte.

Llovió varios días seguidos. Hasta que un viento recio se llevó la tormenta y empezó a agitar los harapos desprendiendo tufaradas de la muchedumbre, que avanzaba silenciosa e innumerable.

Después, una jornada impiadosa de sol y viento que nos deja resecos y blanqueados. Se forman contingentes para ayudar a los más débiles, mientras los que somos cabeza de columna avanzamos por escarpados desfiladeros hacia la montaña.

Con la caída de la noche la multitud errante cobra una apariencia espectral por el relumbre de las osamentas en la oscuridad. Los que tienen más fósforo en los huesos les gastan bromas a los demás, saliéndoles al paso desde lóbregos matorrales. Las chanzas, que inocentemente se repiten por todo el camino, son festejadas de uno y otro lado y no se sabe si todo el mundo está bien predispuesto a las bromas o si es que ya no hay nada que asuste en esta vida. Ni el hedor, ni el funesto arrastrar pedestre de los muchos espantajos ajenos al juego, silenciados por la pena.

En la noche cerrada comienzan los lamentos de las ánimas que, como se declaran en pena, inician sus endechas con reproches y maldiciones. Las que en vida tenían el oficio de plañideras son las peores, porque todavía esperan una retribución económica a cambio de sus gemidos.

También existen quejas en el resto pero de distinto tipo. Están los que no pueden caminar porque los huesos no les responden, los que no pueden hacerlo porque no tienen pies y, prendiéndose de los demás son arrastrados como angarillas, y los que caminan, pero a falta de una cabeza, reciben empujones de todas partes. Pero la mayor queja reside en los harapos que apenas los cubren, y el pudor es muy grande porque no hay desnudez más humillante que la de la muerte con sus huesos descarnados.

Un caso patético es el de mi amigo Boris que viene quejándose todo el camino de su apariencia. Es más alto que yo y es probable que haya tenido un bello rostro a juzgar por las líneas armoniosas de los pómulos y los arcos superciliares, pero la mortaja en colgajos deja impúdicamente a la vista sus extremidades inferiores. Para apaciguarlo le digo que no exagere, que muchos están peor que él. Pero, claro, yo tengo mi príncipe de Gales que aunque ahora dos tallas más grande, raído y lleno de hongos, sigue siendo un casimir, aparte del pantalón que parece como de espantapájaros cuando flamea con el viento. Y está Bonasera, contemporáneo mío, con su Halifax, que además es de estación, sin contar los muchos decrépitos que llevan el clásico smoking negro. Uno de ésos, en particular, me recuerda una calcomanía que yo llevaba pegada en el parabrisas de mi primer Torino coupé. Un esqueleto vestido de croupier exhibiendo pókeres de ases y de dados.

La mayor preocupación de Boris es la cuestión de los hombros. Por eso me desvía hacia una enramada, se quita el féretro que lleva encima como un nicho sobre el esqueleto y me ordena que lo mire en los puros huesos bajo las piltrafas, agregando que no soportaría subirse a su lanzadera con esos hombros enclenques de marioneta. No es digno de un buen piloto, dice. En el afán de consolarlo se me ocurre una idea, así que le propongo recolectar bolsas y envases y, de nuevo a un costado del camino lo envuelvo con tiras de plástico —entre clavícula, homóplato y cervicales, anudando luego en coxis y sacro— y vendas sobre las costillas que terminan en un moño de mucama a la altura de las lumbares. Sorprendido, se aleja de mí dando zancadas y regresa sonriendo. La risa entre nosotros es algo que nadie valora, y no sin razón: ninguna persona que se considere inteligente o sincera puede estar riéndose todo el tiempo. Nadie lo dice, pero a nadie escapa la odiosa paradoja de que la risa en lo que nos queda de cara pueda ser eterna siendo la muerte algo tan triste. Pero Boris viene hacia mí no con la risa sardónica que todos llevamos, sino moviendo el maxilar rítmicamente, del modo en que, a falta de facciones, nos transmitimos el contento. Lo veo alejarse con el cráneo pulido como un casco, y la espalda y los hombros tan inflados que parece un jugador de fútbol americano.

Cuando salimos al camino y retomamos la columna todos se admiran de su figura, quizá no muy elegante pero al menos viril. Yo me limito a caminar a su lado con una mano sobre el hombro, y no faltan las viejas desdentadas que nos conjeturan un pasado glorioso o nos murmuran un presente de pederastas.

En eso, un individuo muy deteriorado le viene recriminando a otro más moderno, hasta que éste, cansado de la cantinela trata de romperle el cráneo con un fémur. Boris los separa y nos enteramos de la larga historia de un patrón y su dependiente, cuarenta años juntos.

—¿Y cuál es el motivo de la disputa?

No se deciden a hablar, hasta que el dependiente dice:

—Le prometí que cuando se muriera iba a bailar sobre su tumba.

El viejo sólo enfoca sus cuencas hacia nosotros, como si el otro no estuviera.

—Y bueno. Todavía no se había enfriado que salté la reja del cementerio con una botella que tenía escondida de añares. Me cansé de saltar y bailar como un poseído. Hasta que se partió la losa.

—Y bien que lo sentí ahí abajo —dice el viejo, y de pronto recuerda—: ¡Larvas! ¡La botella de ajenjo!

—Por tantos años de humillación y sufrimiento —sentencia el otro.

—De vivir de mi negocio dirás, ¡parásito!

Boris y yo nos alejamos previa incautación del fémur, que casualmente resulta de la medida de un cojo conocido.

Así transcurren los días y todo el mundo se queja del sol, del viento, de las apariencias, de los parientes, del qué dirán, de la falta de respeto al abolengo. Algunos llegan hasta el exabrupto de culpar a la muerte por habernos igualado de esta manera a todos, gusanos sin paladar a los que les dan lo mismo las carnes de la criada que las de la señora, murmuran. Se quejan de todo, excepto de las demoras y dilaciones de la caravana, y esto no por estoicismo o buena voluntad, sino porque no hay entre nosotros uno solo que no se haya acostumbrado a esperar. Pero más allá de la virtud de la paciencia, las demás pasiones siguen intactas. Algunos tontos todavía quieren hacer valer su alcurnia y se expresan con gestos sobreactuados, haciendo ulular las vocales del modo torpe en que consideran se debe hablar en el más allá, al que señalan con grandes ademanes. Es obvio que con ese comportamiento pretenden intimidarnos y procurarse sujeción, aunque nadie hace caso. La mayoría es consciente de que los últimos serán los primeros.

En el camino venimos charlando Boris, Anselmi, Onofre y yo. Onofre es el viejo con una levita hecha harapos de sobado terciopelo negro y anacrónicos zapatitos de grandes hebillas. La conversación trata sobre la vergüenza, tema inevitable que deviene de las precariedades que padecemos. Anselmi comenta que, llegada su hora, dio instrucciones precisas ante escribano para ser velado a cajón cerrado.

El viejo Onofre meneando la calva dice con su acento peninsular:

—Yo no hubiera tenido siquiera esa merced.

Y nos muestra la media tapa batiente con ventanita a la altura del rostro del cadáver. Lleva como puede un cajón destartalado, un féretro tan anticuado que la madera se ha vuelto liviana y porosa por la podredumbre. Algunos impertinentes intentan hacer girar la ventanita sellada por el óxido sobre sus bisagras. Detenemos nuestra marcha.

—El velatorio es un lugar donde los contertulios evalúan demasiadas cosas, empezando por la catadura del finado —dice Anselmi. Y hay varios asentimientos de cráneo.

—Hay un placer mórbido de parte de los curiosos en escudriñar las facciones inermes de quien es el centro de la velada… —y de nuevo las expresiones de adhesión.

—Lo que tratan de indagar estos sujetos en el rictus, el color de la piel o los ojos entreabiertos, estrábicos hacia la coronilla, es conocer algo tan íntimo y privado como la forma de morir. O peor: darle rienda suelta a la imaginación, que es como hurgar en el último pensamiento en vida. Así se asoman a nuestro rostro, y meditan en los festines de la muerte desde la vereda de enfrente, imaginan el hervor nocturno que nos devorará en pocos meses con la actitud necia de quien cree que nunca le llegará el sambenito. Es cierto que muchas veces uno lleva la propia muerte impresa en el rostro, que las facciones denotan la paz del que murió sin deudas o la huella de una mala vida. Pero eso no da derecho.

—Son los ritos de la muerte —lo interrumpe una de las viejas plañideras, muy apegada a sus prácticas.

—Con todo respeto, señora. Si algo me molesta es que las brujas que han fornicado con mil demonios me observen cuando duermo para siempre —le retruca Anselmi, y sus palabras son como dardos, porque la vieja, dando un aullido acaso revelador de su verdadera identidad, se arroja a un barranco tenebroso donde quizás sea destrozada por las espinas. Todos aplauden las palabras de Anselmi con un quebradizo rumor de ramas al viento. Uno de los más exaltados es Claudio, un muchachón motociclista que emergió del sepulcro con campera de cuero y muñequeras incluidas y que alzando un brazo amenazante tatuado con la críptica leyenda Luchando por el metal
, proclama “¡muerte a las viejas!”

The Lord is my shepherd, I shall not want… —comienza a rezar una vieja galesa ajena al asunto.

Claudio es un muerto soberbio en sus casi ciento veinte kilos, algo hinchado quizás, porque está en plena etapa de tumefacción y mucho más fuerte y entero que cualquiera de nosotros, pero la estupidez que ostentó en vida no lo ha abandonado. Otros lo justifican diciendo que no hay que prejuzgar, que es de buenos sentimientos, que parte de la masa encefálica la perdió en el accidente y que por eso es tan entusiasta y atolondrado. Así que esperando que se apacigüe, algún veterano se acerca a explicarle por lo bajo, que no es civilizado andar rompiendo viejas y que, desde luego, la muerte no puede matarse.

La gran explanada aloja el constante fluir de la muchedumbre. Es evidente que la cosa es general y va en serio porque ya no sólo estamos nosotros, sino todos los cementerios de la región. Se van acomodando como pueden en la explanada, que es como una enorme estación donde los tristes buscan un lugar en el piso y forman contingentes de refugiados, agrupados por el idioma o la procedencia de una misma necrópolis. Judíos, católicos, protestantes anglicanos o calvinistas, musulmanes, masones, simpatizantes de la cientología o simplemente ricos de cementerios privados apenas ligados por un valor temporal como el dinero que ya no tienen. Son algunas señoras de este último sector las que lamentan indignadas que los cementerios de mascotas no hayan sido convocados.

Con la caída de la noche comienzan los aprestos para la jornada que viene, especialmente en la refacción de ataúdes. Es luna nueva, pero el cielo se ha cubierto de densos nubarrones. Por doquier en la oscuridad se escucha el clavetear frenético de la piedra sobre la madera. Además ha crecido el mercado negro del crespón y el pedazo de tela, del cordel y del botón, tanto es lo que hay que atar, zurcir y remendar. Los alfileres de gancho para la ropa, y los clavos para el féretro se cotizan, valga la expresión, un ojo de la cara en estos momentos, y se pagan en oro: recuerdos de familia, camafeos, alianzas, dientes.

Desde la muralla, sólo accesible por la ladera que acabamos de subir, se aprecia la imponencia del valle. La muralla y la medialuna de origen volcánico situada enfrente a una distancia de diez, doce kilómetros son más elevadas que el cráter que las separa. La roca durísima con el color verdoso del macizo basáltico apunta sus astas al cielo, entre las cuales tenemos que pasar, hacia quién sabe dónde. Sólo hay que atravesar la medialuna de basalto y después, nada se sabe, más allá de hipótesis sobre lo de la comparecencia, la acusación, la espera del veredicto, generalmente ominosas.

Y por eso las lanzaderas, mecanismos de pesadilla de antiquísima e infalible técnica, que apuntan al cielo a treinta grados sobre el ojo del volcán apoyadas sobre planos inclinados, con las vainas de hierro pasando por entre las troneras. Caminamos por los adarves sin mirar al vacío. Pasar a salvo es un juego de niños, siempre y cuando el volcán no esté en erupción. Y no lo está, pero sí en actividad, lo que se conoce por la tenue ceniza que el viento nunca termina de llevarse. Nadie se explica la torpe construcción de la muralla y las lanzaderas justo delante de un volcán que, se sabe, está en actividad desde, por lo menos, la desaparición de las grandes metrópolis. Pero tampoco se discute. Las instalaciones están como están y nadie cuestiona la idiotez de los constructores. Acaso la disposición tenga que ver con que pasar por sobre el volcán sea necesario, quizás muchos deban quedar en el camino. Las lanzaderas no llevan combustible ni explosivos. Producen un impulso por retroacción de aire comprimido —de ahí que deduzca Boris el trayecto de las culatas y vaya marcando con un cascote hasta dónde aproximarse, por la dudas, en el momento cúlmine del lanzamiento— y proyectan al individuo por encima del volcán hasta la piedra basáltica que se recorta enfrente dominando el paisaje, imposible fallar.

Esperando la orden que, se descuenta, vendrá de manera inequívoca, caminamos por la explanada cabizbajos mirando el suelo. Boris hace una aguda observación. La unidad de medida interna parecen ser las losas, de unas veinte pulgadas de lado. Luego comprobamos, más para distraernos que por verdadero interés, que cada doce baldosas hay una tronera y cada veinte troneras, una torre albarrana que cumple la función de atalaya. Eso desata una seria controversia sobre números cabalísticos o zodiacales y discusiones menores asociadas al burdo azar de las quinielas.

Boris, que fue agrimensor, comenta que la unidad de medida es muy antigua, quizás caldea. Un profesor de historia de la Universidad de B. alega que de ningún modo, que toda la estructura es indudablemente asiria; otro argumenta que el origen del mundo —y con ello le atribuye a la muralla la misma data que Ur— es mesopotámico, y de nuevo la discusión sobre palmos, codos, varas, estadios.

La muralla es enorme y comprendemos que semicircular. Por eso las lanzaderas van variando el ángulo de incidencia a medida que se alejan hacia los extremos y todas apuntan a un sitio imaginario pero variable entre las astas de la medialuna de basalto. Esto, deducimos, es para evitar choques por la convergencia de un lanzamiento conjunto.

El individuo que pasa recitando la letanía informa el procedimiento a seguir y cada tanto anuncia su bando:

—Hay que gritar ¡Nínive! Y por favor, no agregar ninguna otra expresión, solamente digan ¡Nínive! con la salida del sol y aguarden la orden, ¿entendido?

Algunos bromistas gritan “Cartago”, “Efeso” o “Gran Ramera” para fastidiar al pregonero de marras, pero es evidente que con la chacota quieren ocultar el nerviosismo. Y para qué negarlo, todos nos acercamos con el respeto de quien visita un museo de guerra, apoyando las manos sobre los enormes tubos neumáticos de las lanzaderas, cañones inertes reposando sobre sus cureñas de goznes y correderas oxidados, en evidente desuso. El acceso a las torres albarranas, por otra parte, está vedado por herrajes que parecen soldados desde tiempos inmemoriales. La intención de ingresar a las torres no es producto de la mera curiosidad sino que procuramos proteger a aquellos que en su condición de muertos recientes, como la familia de asfixiados por el escape de gas y la pobre chica embarazada, tienen que andar cubriéndose y espantando las aves de rapiña que cada tanto les caen súbitamente en picada y sin ruido, atraídas por la pestilencia. No parece ser el problema de Claudio, que se las quita a los manotazos, pateando las cabezas de las rapaces contra la piedra. Con Anselmi pensamos que el chico denota mucha presencia de ánimo, orgulloso de la línea de su ataúd Kennedy con manijas doradas, un espléndido féretro de cedro con interior acolchado que carga al hombro con facilidad y llama jocosamente “el mueble”. Todo este alarde tiene como objetivo seducir a Odalys, la bella novia cataléptica desvanecida durante el vals en la misma noche de su boda y concluimos con Quevedo en que el amor es constante más allá de la muerte. Unas voces nos distraen de nuestras cavilaciones. Se comenta el hecho verídico de que un grupo de idiotas comedidos que nunca falta salió a pedirle la llave de las torres a un supuesto encargado, lo cual genera nuevas bromas y chistes de gallegos.

A medianoche, Silas viene con la noticia de que Onofre está en crisis y varios vamos a su encuentro. Lo encontramos arrebujado en su ropaje decimonónico y negando con la cabeza. El motivo de la psicosis es fácil de comprender. El viejo teme ser abandonado —porque ha leído que eso le pasó al paralítico de Betesda, que nunca llegaba a tiempo a las aguas salutíferas— en el desbande por subirse a las lanzaderas cuando venga la orden que, se supone, llegará al amanecer.

Bonasera trata de consolarlo con un argumento irrebatible: el paralítico de Betesda obtiene la redención. Pero el viejo dice que quizás la orden venga de noche, o que acaso él no la escuche, y tiembla como un palo rogándonos que alguien le haga la caridad de subirlo con su cajita a la vaina de una lanzadera, por miedo de que en la corrida lo dejen sin salvarse.

—Y vaya a saberse si hay otro llamado —se lamenta.

La vieja diminuta tendida en el piso le dice con acento galés que no se preocupe, que cuánto hace que hablan del segundo llamado y nunca nada.

—Cierto. Se dice cada cosa, don Onofre —apoya Silas.

—¡Pero yo he confiado en la Santa Sede, cáfila de herejes! —aúlla Onofre fuera de sí.

Bonasera, Boris y yo discutimos el tema con Anselmi. Este nos confiesa sus reservas:

—No sería raro que con el envión se suelte una tabla perdiendo el ataúd su ya escasa aerodinámica y entonces adiós al desgraciado tripulante, que en el mejor de los casos puede caer al cráter mismo del volcán.

—Y dejar, por fin, de ser, al menos materialmente —agrega Boris.

—Sí, pero no es cuestión. Por qué no espera la orden como todo el mundo —dice Anselmi.

Claudio, el muchachón, tercia entre los mayores.

—Yo digo que al viejo lo zafemos de una —dice haciendo sonar las articulaciones de los dedos.

El pragmatismo de Bonasera decide la cuestión:

—Démosle el gusto al pobre viejo. Después de todo, así sabremos si las lanzaderas son confiables.

Ya es madrugada y el cielo se ha despejado por completo. La luna nueva ilumina la escena como la inversión misma del día. Claudio y Anselmi proceden a izar al viejo que entre inclinaciones de cabeza nos saluda con un acartonado pañuelo de puntillas. Por temor a perder la mandíbula se ha quitado el cordel que la sujeta al cráneo sosteniéndosela con la mano.

No existen dispositivos de disparo visibles, de modo que una vez subido el viejo, nos limitamos, escépticos, a esperar lo que sea. De pronto, la lanzadera se mueve, varía apenas su posición con un chirrido de los muñones, como si corrigiera la dirección del blanco. Notamos que el más ínfimo peso sobre la vaina es lo que las activa. Onofre, que está de lo más animado, dice:

—Como dice un soneto de Góngora…

La frase queda inconclusa por el tremendo disparo que lo arranca de nuestro campo visual.

—¡Nínive! —alcanza a gritar el viejo antes de perder la puerta batiente que cae al vacío con el brutal envión. Todos asistimos a la parábola de varios kilómetros que traza el viejo, aferrado con alma y vida a las maderas del cajón, hasta entrar en el espacio aéreo del cráter. Y no sabemos si por el aire cargado de estática o los vapores sulfurosos del volcán, o por el alto grado combustible del féretro, lo cierto es que Onofre y su caja se incendian en el aire. Una rápida deflagración, como la combustión de un globo de gas butano, y el cajón apolillado que se deshace en un montón de cenizas livianas como alas de mariposa que el viento desperdiga. Impávidos, nos quedamos mirando la nada bajo la luz de la luna.

Harriet, la vieja galesa rompe el silencio.

—Tendría que haber esperado la orden que para eso están, para acatarlas.

—Lo que pasa es que Onofre con los años se había vuelto un hombre muy inflamable, yo le previne —dice una de las plañideras a punto de llorar.

—Ordenes son órdenes —agrega otra que como no tiene pelvis se sostiene sólo con los brazos en el piso y habla siempre con la cabeza gacha.

Con la evaporación del viejo todos se persignan constristados. Ambrose cargando su cajón a mi lado semeja una cariátide de ultratumba, mirándose los desconchados botines con polainas. El silencio reemplaza la impotencia inefable de la multitud. El incidente no ha contribuido a levantar la moral general. Pronto, en unas horas, será de día. Y por eso estamos aquí, frente a los parapetos, expectantes, atisbando el aire o cualquier variación de la atmósfera, y esperando una señal en el cielo, una voz interior o lo que sea. Por ahora, la mayoría vela en silencio. Lo que se dice el ominoso silencio de la víspera. Pero dentro de poco amanecerá, y entonces vendrán las corridas y los gritos. Me digo que no debo preocuparme, que tengo la conciencia tranquila y que preocuparse no modifica las cosas en esta situación sin retorno. Estamos preparados para esta certeza irrevocable: nada puede volver atrás, nadie será lo que fue. Si así fuera quizás nos prepararíamos para el porvenir, y hasta se podría tratar de mejorar. Pero es tan inútil pensar en eso como en dejar de pensar. Busco una melodía en mi mente, una vieja tonada que sólo yo conozco porque me la inventé cuando niño en mis juegos solitarios, hace muchísimo tiempo. Ahora voy a cantarla.

 

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4 comentarios to “¡Nínive!”

  1. janfiloso Says:

    La famosa luz mala, el fósforo de la osamenta.

  2. el visigodo Says:

    mirar la nada bajo la luz de la luna… muchas veces estuve en ese lugar.
    por usted (si me permite) “amigo Chanampa”, a la distancia… salud!!!

  3. Adrian Says:

    Adhiero a los interesantes escirtos de Gustavo Chanampa. Abrazos y que sigan desembarcando!

  4. maese Says:

    Años ha lo leí (y lo guardo aún en tipografía cuasi letraset) como ¡Abisinia!. Todavía me sigue desconsolando. ¿Será que uno no crece o que conserva en lo más recóndito ese gránulo disconforme que el sucio declinar pretende arrastrar? El comienzo sigue siendo el de un poema decimonónico, más que el de un relato… ¿…un relato…?

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