Actualidad de los proverbios
Publicado en Perfil
por Quintín
Hay un refrán inglés, you can’t tell a book by its cover, que equivale al castizo “El hábito no hace el monje” e invita a no juzgar las cosas por sus apariencias. Aplicado literalmente, debería impedir que uno compre libros solo porque su diseño es original o atractivo. Sin embargo, vengo de incurrir en ese desliz dos veces. La primera fue con Ahora sabréis lo que es correr de Dave Eggers, una edición de Mondadori que tiene la particularidad de que la tapa no incluye el título ni el nombre del autor (de hecho, solo aparecen en el lomo), sino que sirve como primera página del texto, que continúa al dorso y no se interrumpe hasta el final. No lo he leído.
Mucho más llamativo es el otro libro, La pieza única de Milorad Pavic, que en realidad son dos libros presentados en una caja. El tomo principal está ilustrado por el mismo artista que la caja mientras que el secundario es azul con letras doradas y corresponde al cuaderno de apuntes que lleva el inspector Stross, encargado de investigar las muertes que se narran en el otro volumen. Es una edición de Sexto Piso, sofisticada y carísima editorial mexicana que ha publicado, entre otros, a Musil, Kafka y Henry James en ediciones de bello aspecto. Nunca había leído a Pavic, el autor del Diccionario jázaro. Esa obra viene en dos versiones, la masculina y la femenina, y Pavic (Belgrado, 1929) parece obsesionado con el cambio de sexo: Pieza única gira alrededor de un andrógino llamado Aleksa/Sandra Klozevits cuya identidad oscila entre hombre y mujer y refleja su otra mitad en el espejo.
Los capítulos de Pieza única llevan perfumes como títulos: Kenzo, Poison, Hugo Boss, Addict Dior, Antracite. Klozevits puede reconocer a la gente por la fragancia que usa. No es su única habilidad esotérica, ya que se dedica a vender sueños del futuro además de ejercer la astrología y la adivinación. A sus servicios recurren Distelli, un cantante de ópera obsesionado con Pushkin, y la amante de Distelli, que a la muerte del tenor lo será de un banquero que tiene otra pareja. La novela va transcurriendo entre referencias literarias, crímenes violentos y encuentros sexuales. No es un libro largo, pero en la mitad me empecé a preguntar qué clase de cosa era la que estaba leyendo. Una visita a la internet me aseguró que Pavic era un grande de la literatura, autor de culto y eterno candidato al premio Nobel (como Sabato, pensé). Sin embargo, no podía evitar cierta vergüenza mientras leía. En lugar de seguir una novela, tenía la sensación de estar espiando una vieja revista dominical: una página con el horóscopo, otra dedicada al erotismo, una tercera con acertijos, una cuarta con la biografía de un escritor famoso, una quinta sobre la moda… A medida que me acercaba al final, iba quedando claro que no se trataba de literatura sino de una mezcla de los pensamientos más banales, las supersticiones más groseras y los relatos más insulsos confundidos en un espiritualismo de mal gusto.
Ya convencido de que estaba frente a un impostor, volví a la internet, donde descubrí un texto autobiográfico de Pavic en el que se proclama como el primer escritor del siglo XXI y termina diciendo: “era el mejor escritor conocido de la nación mas odiada del mundo: la nación serbia.” Para completar el cuadro, Pavic resultó también un patriota, y de los pesados. En 1992, luego del sitio de Vukovar que concluyó con la limpieza étnica de los croatas por parte de las milicias de Milosevic, Pavic proclamó que la destrucción de la ciudad era una bendición que permitiría reconstruirla en el estilo serbio-bizantino.
Es notable cómo el diseño y la publicidad pueden transformar un bodoque kitsch a cargo de un nacionalista senil en un objeto de consumo chic. Aunque este arte de vidriera de boutique hace pensar en otro viejo refrán, el que habla de la mona vestida de seda.
Foto: Flavia de la Fuente

Marzo 4, 2008 a las 12:05 am
wow qué foto
not everything that glitters is gold porque appearances are deceptive, pero Apparel makes the man…
Marzo 4, 2008 a las 1:13 am
che, por qué cambiaron el órd3en en la página de perfil y ahora vos estás arriba?
Marzo 4, 2008 a las 7:42 am
Una semana estoy arriba y otra abajo. Son las vueltas de la vida.
Q
Marzo 4, 2008 a las 7:45 am
Qué garrón clavarse con un libro, especialmente si es caro, y más aun si en lugar de un libro son dos.
Hace poco me pasó algo similar con un libro, pero no por que tuviera una linda cubierta sino porque me dejé atrapar como un boludo por el ingenioso subtítulo, y tampoco tuve que lamentarme por el dinero desperdiciado ya que en realidad fue un obsequio: me habían regalado “El factor Borges” de Pauls, y como ya lo tenía fui a la librería y lo cambié por este otro, titulado “Grasa - Retratos de la vulgaridad argentina”, de un tal Becerra, a quien nunca había oido nombrar.
Me intrigó eso de “retratos de la vulgaridad argentina”, supongo que esperaba encontrar una especie de estudio o ensayo más o menos serio sobre costumbres o hábitos de consumo cultural de los argentinos, qué se yo …parecía interesante.
Ya en la falsa carátula el autor avisa que algunos de los capítulos habían aparecido previamente, en todo o en parte, como artículos en la revista Los Inrockuptibles. Mala señal: compré una sola vez esa revista, hace unos años ya, no la terminé, la tiré a la basura.
Al empezar a leer nomás el libro tuve otro mal presagio: las páginas 16 a 28 literalmente se desprendieron. Un libro malo en el sentido más puro del término ;-).
Pero hablando en serio, el libro realmente me decepcionó. Más allá de algún hallazgo más o menos ingenioso cuando describe el aspecto de Tinelli sobre la pista de hielo, todo el libro no es más que una catarata de invectivas contra el mencionado Tinelli, Alan Faena, Baby Etchecopar, Giordano, Niembro, los chicos de Gran Hermano, personajes ya analizados y denostados mil veces antes y mejor. En todo el libro hay un tono de superioridad bastante molesto, una distancia sarcástica como si el autor se creyera en un pedestal desde el cual señala las miserias ajenas con aire perdonavidas; creo que eso fue lo más irritante, ya que el autor no demuestra (por lo menos a mí me pareció así) ni suficiente ingenio, ni suficiente agudeza, ni suficiente originalidad como para estar a la altura de semejantes ínfulas.
Para colmo, Becerra tiene serios problemas de sintaxis (si a alguien le interesa, en otro momento puedo transcribir algunas perlitas que subrayé) y usa palabras horribles como “escroto” y “glande” en lugar de llamar a las cosas por su nombre.
En fin, no me gustó nada el libro. Y si bien no lo pagué, ni me lo llevé estrictamente por tener una tapa linda y lujosa, la frustración que me produjo es parecida a la descripta en la nota.
Marzo 4, 2008 a las 12:18 pm
sebastian: ¿Y el de Pauls no lo leiste?
Marzo 4, 2008 a las 12:52 pm
Jajaja, claro… me lo había leído en las vacaciones, en enero. Me gustó un montón. Cada vez que aparece un nuevo libro sobre Borges uno tiende a torcer la boca, pensando “¿otro más?”, pero éste es posta.
Digresión: es raro ir a cambiar un libro, ¿no? nunca me había pasado, como quien va y cambia una remera regalada porque le quedó grande…
Marzo 4, 2008 a las 1:08 pm
A mi con los libros me pasa de todo. Despues de ver “Las Horas” corri a comprar Señora Dalloway. Nunca lo pude terminar (sigo en la pagina 7, o menos). A la inversa, cuando era mas chica lei Dracula de B. Stocker y cuando vi la pelicula me quede dormida.
Respecto a comprar libros porque me atraia la tapa, ufff… miles de casos. Algunas veces me salio bien. Por ejemplo, los libros de Simone de Beauvoir. Se que no son super atrayentes las tapas, pero me enamora la cara de esa mujer. Otras no. De algunos, me gusta tanto la tapa que nunca pude abrirlos, como por ejemplo, El club Dante.
Pero lo que es peor, es tener cerca del trabajo la libreria “Lucas” (Av Corrientes y Uruguay). Hay cinco estantes dedicados a “Todos a $1, 10 por $5″. Esa libreria no sabe lo que vende. He encontrado libros usados (pero en perfecto estado) que nuevos salen mas o menos $200. Lo malo de eso, es que tal vez hay tres libros que me gustan. Pero como soy una rata busco siete mas, y pago $5. Asi mi biblioteca se fue llenado de cosas que jamas leere y que, a veces, van a parar donadas a la biblioteca barrial. Pero es tan atractiva la oferta de llevarte 10 libros por $5 que no puedo evitarlo. Eso si, entre visita y visita hay que dejar pasar un tiempo porque si no esta siempre lo mismo.
Perdon por la ausencia de acentos. El teclado no me los marca ni con el boton respectivo, ni con esas formulas raras del tipo “alt+160″.
Abrazos a todos.
Marzo 4, 2008 a las 1:11 pm
Hay lectores preocupados intensamente por determinar si lo que leen es bueno o no. Leen con una isenguridad y una insatisfacción abrumadoras, pedante, aburrida. Pero hay algo peor en el mundo de la literatura que encontrarse con un libro malo, y eso es que aparezca un lector malo para un libro. La realidad de la imagen se disuelve, se ascelera la velocidad , el tiempo transacurre hacia atrás, la smoléculas del estilo se disuelven y nace el lector como folletín de su desdicha. Hay entre el autor y el lector, dijo Milorad Pavic, dos cuerdas tirantes que sostienen en el medio a un tigre…pero de este escritor hablaba mejor Cesar Aira que yo en un ensayito allá por el ‘91.
Arriba se dice eterno candidato al Nobel, como Sábato…o cómo Borges, que en cierto punto fue un pesado de la dictadura…como Sábato. Con cuál nos quedaremos?
Quintín no me regalás el librito horrible bien marketineado?
Marzo 4, 2008 a las 1:26 pm
Sebastián, El factor Borges es un libro impresionante. Imposbile compararlo con Grasas, libro que leí este verano y me pasó un poco lo mismo que a vos. Gran desilusión cuando vi que eran notas ya publicadas en otros medios.
Pero, así y todo, me entretuvo. Confieso que salteé algunos capítulos y fui directamente a los más tentadores. Como no lo banco a Tinelli, me gustó lo que dice de él, igual que el dedicado al Baby Echecocpar o como se llame.
Me gustá cómo escribe Becerra, tiene estilo propio. Sé bueno y copiá algún parraffito para ver la mala sintaxis que econtraste.
Marzo 4, 2008 a las 1:33 pm
Q, me he clavado tanto con los libros, que ahora, antes de comprarlos, leo las primeras 20 páginas en la librería.
Cuando pienso: “Qué es esta cosa que estoy leuendo” o cuando siento un poco de verguenza, lo dejo.
Este verano me pasó con el último de A.M. Homes (Dasbald sabe de qué hablo); me habían gustado tanto otros libros de ella (Música para coraznes incendiatos -no apto para Flavia en época de nubes negras-), que lo reservé para el final, como la última cereza de la torta. Gran desilusión cuando ya casi en la página 40, decidí abandonarlo.
Marzo 4, 2008 a las 6:02 pm
Enseñanza semejante a la de que el hábito no hace al monje es la que reciben los feos desde la más temprana infancia para supuesto consuelo sobre tan doloroso destino: “la belleza va por dentro”, resumen maestras y tías piadosas en momentos de dudosa oportunidad, intentando paliar con nula eficacia las burlas lacerantes que niña o niño contrahechos sufren con extraviada angustia. Pero en cuanto es superada, asumida o desconocida la propia fealdad, a materialistas, estetas, sensualistas y libertinos de todo plumaje corresponde reír con desprecio de tan incómoda sentencia, y no por lo falaz sino por su exposición ramplona, que bastardea su hondo (muy hondo, casi invisible) acierto. Puesto que los placeres directos de los sentidos costosamente ceden ante los difíciles y escurridizos goces de la virtud: son aquellos siempre contundentes y éstos inaprensibles, y parece incomparable la satisfacción arrasadora de los instintos frente a la sofisticación vaporosa del intelecto y sus difusos deleites.
Pasando los años, sin embargo, el materialista arrastrado entre las sangrientas espinas del páramo de la vida vislumbra que aquellas tías y su piedad barrial no estaban del todo equivocadas. Ni falta hará para convencerlo el apoyo moral de Sócrates y demás griegos, quienes, aun obsesionados con la belleza física, conversando en sus banquetes concluían que la belleza del alma se impone a la del cuerpo. Se presume así el dominio de las ideas sobre la materia, el de la inteligencia sobre los instintos, el del espíritu sobre la carne. Sólo es necesario asumir la existencia del alma, que no se ve ni se toca pero está ahí. Discurre.
Pero aunque es dificultoso, molesto para algunos, lograr la valoración justa y no prejuzgar entonces a las personas por su aspecto, ésta en cambio parece mucho más clara cuando se debe aplicar a los libros. Pues los libros son los objetos más adecuados para ilustrar el proverbial engaño o artificio de las apariencias. Ningún ejemplo más oportuno, cierto y ajustado: el hechizo de su lectura, su alma, atraviesa la importancia del material que lo soporta y subraya su insignificancia. La vida del escrito, si vale, trasciende sucesivas ediciones, navega por los mares del tiempo, como decía Bacon, y tanto vuela y se reproduce como los papeles se ajan, carcomen y pulverizan.
Pero acaso todo lector sea finalmente un fetichista con los libros, y ame equívocamente su materia como reflejo de su contenido. Sin embargo leer puede ser también un arte, y para ello reclama una base de técnica o artesanía. En este caso, además de contemplar las combinaciones de letras y penetrar su mejor significado, lo es apreciar el papel, la tipografía, la impresión, la encuadernación. Bien dije una base: es necesario un mínimo de calidad material para así elevar la experiencia de la lectura a un nivel óptimo, pero a partir de cierto punto el requisito será un lujo superfluo. Inclusive tenga quizás aquí la opulencia algún tipo de petulancia insultante, ridículamente vana. Logrado un equilibrio de pertinencia artesanal en la hechura del libro, su texto está listo para seducir. En caso de que enamore, ninguna otra edición podrá superarla en su pequeña perfección sentimental, espesada además con los sedimentos del tiempo.
Y así se ama adecuadamente un libro, porque nada hay más bello que lo que se ama, y lo bello no se mide ni se compara. Y será también porque la belleza es una construcción individual que muchos prefieren libros viejos y amarillentos, antiguos y con cicatrices…
Aunque eso sí, sin rayones y sin glosas. Insoportable ultraje para una página.
Marzo 5, 2008 a las 6:57 pm
Dave Eggers, el autor de You shall know our velocity (Ahora sabréis lo que es correr) es famoso por sus experimentos tanto en el formato de las revistas que publica (McSweeney) como en sus textos. Yo leí Una historia asombrosa conmovedora y genial, que es su primera novela. Muy interesante por momentos, en otros se hace tediosa y vacía. Ahora me gustaría saber qué te parecerá Ahora sabréis… Eggers (junto con su amigo David Foster Wallace, autor de ese mamotreto de 1200 páginas llamada Infinite Jest - La broma infinita -) es parte de los que algunos denominan realistas histéricos (corriente que la wikipedia define como “un fuerte contraste entre prosa, argumentos o personajes absurdamente complicadas y una detallada y cuidadosa investigación sobre fenómenos sociales reales y específicos”. Tomá pa’vos. Chupate esa mandarina histérica.
Marzo 5, 2008 a las 7:45 pm
Para imágenes de tapa y diseño, elijo a DeBolsillo! (y ese precio que me es el único); Alfaguara tiene las mejores presentaciones, libros de tapa dura y un cuidado (pero la sobrepoblación de comas de los autores latinoamericanos y ese precio…); y Anagrama es irresistible. La mejor tapa para mí es la de Anagrama, la amarilla de La Conjura de los necios… me genera placer
Después no hay mucho más. A los libros les faltan diseñadores. Las contras de que cualquier libro tenga, enediciones sucesivas, muchas portadas.
Marzo 6, 2008 a las 12:18 am
Si siguen proliferando las comas, ya no quedará alimento en Latinoamérica para su pausada pero constante voracidad!
Para tapas, las de Emecé de la vieja edición de Borges.
Diseñadas por el mismísimo Viejo parecían. No, ahora que me acuerdo en alguna nota de EMB había un dibujito supuestamente del viejo que estaba buenísimo, no?
Marzo 6, 2008 a las 6:50 am
Bueno, a pedido de Estrella van las siguientes botoneadas:
1) “Leviatán, una novela publicada por primera vez en español hace casi diez años, cuenta la historia de un escritor que cuenta la historia de un escritor que cuenta la historia de otro escritor. Y como todas o casi todas las novelas de Auster, el azar es el protagonista invisible…” (pág. 23).
Releí varias veces la oración después del punto, me parece que le falta algo. Si quiso decir que el azar es protagonista en las novelas de Auster, le falta precisamente la preposición “en”, que justamente denota en qué lugar, tiempo o modo se realiza lo expresado por el verbo que constituye el núcleo del predicado de la oración. Me parece que debió decir “…Y como EN todas o casi todas las novelas de Auster, el azar es el protagonista invisible…”, o bien, para mayor claridad, “…Y como OCURRE EN todas o casi todas las novelas de Auster, el azar es el protagonista invisible…”
2) “…las pretensiones de arte televisivo de Tinelli (donde no habría que incluir a Los Roldán, su producto popular, ni al reality show El Bar, ni a Ser Urbano ni a Todo por Dos Pesos, su único producto artístico) fue más bien un ejercicio de realismo temático…” (pág.25)
Acá me parece que el largo paréntesis lo mareó a Becerra: si el sujeto de la oración es “las pretenciones” (plural) y se quiere predicar algo sobre ese sujeto, entonces el verbo debe ser conjugado en plural, si no el predicado no guarda coherencia con el sujeto. Suprimiendo el paréntesis para una visualización más clara de esto, la conjugación correcta sería “…las pretensiones de arte televisivo de Tinelli (…
FUERON más bien un ejercicio de realismo temático…”. Por otra parte, el uso del “donde” al comienzo del paréntesis, en lugar de “entre las cuales”, es simplemente feo, pero no sé si es incorrecto.
3) “…un homenaje a la vida del interior carcelario y los secretos de sus escalafones, una réplica del mundo exterior protegido por una ley no escrita…” (pág. 25).
Acá el problema es el uso del particpio “protegido”, en este caso asimilado al adjetivo por función gramatical. Los participios son susceptibles de recibir marcas de género, que naturalmente deben guardar coherencia con el género del sujeto de la oración. Ahora bien: si el sujeto es “una réplica” (género femenino), el participio debó llevar el mismo género, y en consecuencia la oración correcta sería “…una réplica del mundo exterior PROTEGIDA por una ley no escrita…”.
Ojo que no soy lingüista, ni profe de lengua, ni nada de eso, así que si le erré en estas observaciones, apreciaría mucho que algún entendido me corrija.
Marzo 6, 2008 a las 12:45 pm
Sebastián, justamente te preguntaba por los errores de sintaxis de Becerra, porque a mí me parece que escribe muy bien.
1) Quedaría mejor con la preposición “en”, pero no me parece un error de sintaxis.
2) “Las pretensiones de arte televisivo (…
fue un ejercico de realismo temático”. Está perfecto. El verbo puede concordar con esl sujeto o con el predicativo.
3) Acá el “protegido” se refiere a “mundo exterior”.
Me parece a mí. Habrá que ver qué dice ¿Mariangeles?
Marzo 6, 2008 a las 12:46 pm
Señorita correctora, Gabriela: ¿usted qué dice?
Marzo 6, 2008 a las 3:00 pm
En mi opinión no erraste, Sebastián.
1. En efecto, falta la preposición «en». Estrella, fijate qué pasa si reponés el orden natural de la oración: «El azar es el protagonista invisible, como EN todas o casi todas las novelas de Auster».
2. Sí, hay un error de concordancia verbal, debe decir «fueron». Estrella, no podés decir «las pretensiones fue un ejercicio». Análisis sintáctico: el núcleo del sujeto es «pretensiones», el verbo debe concordar con el núcleo del sujeto.
Es incorrecto el uso de donde. Es un pronombre relativo de lugar que introduce subordinadas. En este caso el autor no se refiere al lugar, ni a relaciones de lugar, sino a relaciones de inclusión, por lo tanto debe decir «entre las cuales/que».
3. Sí, hay error de concordancia, debe decir «protegida». Estrella, análisis sintáctico otra vez: «réplica» es el núcleo; «del mundo exterior», modificador indirecto; «protegida por una ley no escrita», modificador directo.
Vamos al contexto: me parece que quiso decir que la ley no escrita protege a esa réplica del mundo exterior, ¿o la ley no escrita protege solamente al mundo exterior, y no a la réplica? Aun en ese caso, si «protegido» se refiere a «mundo exterior», debe decir: «la réplica de un mundo exterior que está protegido por una ley no escrita».
Mis dos centavos. En todos los ejemplos hay también abundantes errores de puntuación, pero sería muy aburrido marcarlos y no quiero que me reten por ponerme muy técnica.
No tengo ganas de trabajar, menos ahora que tengo Yo también, no, tú no gracias a Galois y el último CD de Michael McDonald… think I’d better let it go… looks like another love TKO…
Marzo 6, 2008 a las 3:02 pm
Y ahora otro comentario, esta vez no fuera de tiesto:
Me gusta la literatura, me gusta leer y también me gustan los libros bellos, incluso aquellos que no son para leer… ¡qué tema, la bibliofilia!
La última incorporación a mi minicolección de arte contemporáneo es un librito de Fabio Kacero, de los que mostró en Ruth Benzacar.
Está envuelto en plástico, no se puede abrir, tiene las páginas en blanco, tal vez haya algún mensaje manuscrito oculto para siempre en alguna página (eso dijo el artista), hay un texto en espejo en la contratapa y está firmado. El título es un juego de palabras con guiño personal incluido. Sigue siendo un libro…
Marzo 6, 2008 a las 5:57 pm
Mariangeles, esta bueno lo del libro no libro tal vez libro;
respecto del gusto por la lectura ¿ cómo hacés para sacarte tu traje de correctora para disfrutar lo que lees ? ¿ no se te va la mente en cómo lo hubieras escrito vos o en los errores de redacción o sintaxis ?
Marzo 7, 2008 a las 1:19 am
Mariangeles, sebastián: en mi afán por defender a Becerra, metí la pata. Cierto que el verbo “ser” puede concordar con el sujeto o con el predicativo, pero en este caso no. Perdón.
Miren este ejemplo:
«Quienes desarrollaron la cultura de La Venta era gente de habla maya» (Ruz Mayas [Méx. 1981].
La preposición, bué…, no es para tanto.
Y el “protegida” o “protegido”: tienen razón, se refiere a “réplica”.
Tampoco me parecen “serios problemas de sintaxis”. ¿O sí?
Marzo 7, 2008 a las 7:29 am
Mariangeles: gracias, siempre es bueno que alguien que la tiene más clara que uno verifique si uno la pifió o no.
Estrella: es verdad, tal vez fui un poco duro con Becerra. Quizás porque el libro no me gustó mucho, en un punto me enojé con el autor y empecé a subrayar cosas que me parecían mal. Nunca hago una cosa así, y después de leer el artículo de Pérez-Reverte en el ADN del último sábado (de paso: no se lo pierdan, probablemente está en el sitio de ADN) hasta me dio un cachito de vergüenza. Pero justamente porque el autor se pone en esa molesta postura desprecitavia desde un presunto pedestal de árbitro del buen gusto, me dieron ganas de hacer un pequeño acto de justicia en el sentido de “¿viste, guacho? vos tampoco sos un conde”. Después me quedé pensando si Becerra realmente desconoce reglas elementales del idioma del que se sirve para ganarse el pan (lo que sería grave), o si son erratas de tipeo que se le pasaron al corrector (lo que sería igualmente grave, porque el libro no es barato y lo mínimo que uno pude exigir es que no contenga errores groseros).
Marzo 7, 2008 a las 10:32 am
Estrella, la concordancia verbal es la que se establece entre el verbo y su sujeto. El ejemplo que das junta dos casos especiales de concordancia: el sujeto «gente» y el «quienes…» antepuesto. No los voy a aburrir con la explicación, para el que le interese van los links al Panhispánico.
Los errores de concordancia se consideran graves. No sé si es todo asi, pero basándome en los ejemplos que dio Sebastián yo diría que es un texto descuidado. En pocas oraciones hay muchos errores (de concordancia, de preposiciones, de relativos y de puntuación). No se puede decir a la ligera que un texto está «mal escrito», porque contiene errores. De todas maneras, no hay que agarrársela tanto con el autor, la revisión del texto es también responsabilidad del editor.
Precisamente, Janfi, no me tomo los errores tan a la tremenda. Siempre se escapa algún error, todos cometemos errores. Cuando corrijo, es trabajo, y trato de que no se escape ninguno (no siempre lo consigo). Cuando leo, disfruto. Es muy raro, pero puede pasar que el ruido de muchísimos errores no me deje leer, eso ya sería un caso grave. Con algunas cosas ni me meto, por ejemplo, las traducciones llenas de españolismos. No las puedo leer, me da urticaria y se me eriza el pelo, me queda como un afro gigante.
Por lo general, las ganas de disfrutar pueden más que las ganas de encontrarle cinco patas al gato.
Marzo 7, 2008 a las 4:48 pm
Aunque resulte más o menos paradójico, para ejercer arte en las letras no es importante escribir con obsesión técnica. Pulir y perfeccionar estas cuestiones corresponde al trabajo editorial, como dice arriba Mariángeles, y no autoral.
Alguien puede disfrutar detectando menudencias en un texto para luego descalificarlo maliciosamente o burlarse, pero hasta allí llega el asunto, no da para más. No es esencial en las ideas o narraciones elaboradas por un escritor, muchísimo menos en un poeta, el anotarlas con escrúpulo académico lingüístico. No tiene ninguna relevancia.
Un libro es un objeto cuya fabricación demanda la concurrencia de diversos oficios y saberes. El texto o alma del libro queda a cargo del autor, y es lo principal. Luego está el ropaje material, incluido lo tipográfico, que precisa de varios laburantes: editor, corrector, diseñador o editor gráfico, impresor, encuadernador. Recién ahí está el libro.
Por supuesto que todos los rasgos de la edición están sujetos a crítica, desde la tapa y la tinta hasta el papel o la gramática, y es muy gratificante cuando todo esto sale bien hecho. Pero en lo relativo a la apreciación de una obra literaria, tanto el color de la tapa como el detalle técnico idiomático son puro humo.
Y a propósito: Becerra me aburre por completo, y no porque el tipo ponga mal las comas o no le corrijan bien los originales.
Marzo 7, 2008 a las 7:50 pm
Yo opino ligeramente diferente. Sorprende que alguien que se dedica a la escritura en cualquiera de sus formas, géneros, etc tenga que “pensarla”. Se supone que a uno no se le “escapan” los errores de cuarto grado de primaria como los anotados arriba; simplemente los comete porque es una bestia. Descuido es otra cosa. Descuido puede ser un error de ortografía en alguna palabra jodida por aquí o una tildecita por allá… Acepto que en el puesto de la Costanera Sur al que fui el otro fin de semana escriban “ENTREGA”, así, entre comillas, como si en vez del choripán me fueran a entregar otro tipo de merca. (Recuerdo haber dicho que el uso de las comillas seguía dando que hablar y agregué: “A mí”, consciente de que a nadie le importa un carajo, a lo que mi pareja retrucó: “Freak!”). No soy un totalitarista, pero a mi zapatero le pido, como Fidias, que con su opinión no llegue “más arriba que el zapato”. O sea, que el tal Becerra hable de sus ideas en vez de escribirlas sería lo ideal (sí, sí, por supuesto que tiene derecho a hacer las cosas mal todo lo que quiera), o bien que se consiga una editorial decente. Para descuidados y distraídos tenemos a nuestros gobernantes.