Miedo de volar
Sobre Era el cielo de Sergio Bizzio
por Quintín
Después de leer la novela, la primera evidencia es que la discusión previa estuvo mal encaminada, porque la reseña de Enríquez es una lectura singularmente distraída del libro de Bizzio. Como señaló un comentarista de LLP, Enríquez se equivoca en la síntesis de la trama cuando escribe:
El narrador y protagonista abandona a su mujer después de la violación, y en seguida encuentra una nueva pareja, guionista de televisión como él, llamada Vera.
A partir de allí, Enríquez protesta por la inexplicable indiferencia del protagonista frente al ataque a su mujer. Al leer desde ese error, entiende la novela como una mezcla de disparate y embotamiento emocional que dura doscientas páginas. La acusación pierde fuerza cuando se advierte que, lejos de ser una continuación de ese comienzo tremebundo, la narración está estructurada como un largo flashback y el abandono es anterior a la violación. El protagonista se separó de su mujer —Diana, escritora de libros infantiles— y se fue a vivir con Vera —guionista y escritora—. Luego de dos años, se reconcilió con Diana. Es entonces cuando ocurre la violación. Un poco después de ese momento, la narración salta hacia el pasado donde transcurre hasta poco antes del final. Es posible que Enríquez —enojada, harta de lo que califica de cobardía y desapego del protagonista y de un autor que lo ampara— no haya llegado a las páginas finales, donde queda clara la estructura temporal de la novela y hasta aparece una sorprendente explicación de lo ocurrido al principio. Tal vez esta frase anticipatoria de Bizzio la haya llevado a engaño:
Noté que algo me había impactado más allá de la violación en sí misma: la suavidad, la trataban con suavidad. Eso, por increíble que parezca, anuló en mí todo impulso, toda espontaneidad, cualquiera de los muchos recursos al que el lector echaría mano sin dudar y por lo cual decidirá que soy abyecto.
Enríquez decidió que tanta indiferencia era un poco abyecta y, a partir de unas declaraciones de Bizzio (las que enfurecieron también a Iglesias), de su propia concepción de la literatura y hasta de cierto feminismo, terminó infiriendo que Era el cielo es una narración intrascendente, perezosa, ineficaz, resultado de la carencia de “herramientas técnicas y afectivas” del autor. Así fue como en este blog nos vimos envueltos en una discusión que tal vez tenga su sustancia, pero es absolutamente ajena a la novela.

Porque si algo salta a la vista de Era el cielo es su eficacia, si se entiende por ello la capacidad de atraer al lector y, simultáneamente, demostrar cierta destreza literaria. Bizzio tiene una gran facilidad para escribir con fluidez, para inventar, para trabajar el lenguaje y esas virtudes son evidentes en el libro desde el comienzo mismo, un verdadero clásico instantáneo:
Cuando llegué, dos hombres violaban a mi mujer. La escena me impactó con dosis iguales de incredulidad y de violencia, como si un niño acabara de golpearme con la fuerza de un gigante.
El estilo de Bizzio está en esas dos oraciones. Contundente, creativo con las imágenes y algo impreciso, ya que la incredulidad no se predica de las cosas sino de las personas (no es incrédula la escena sino el que la presencia). También es veloz, imaginativo y no del todo elegante: nadie verdaderamente elegante usaría el verbo “impactar”. No hay ninguna duda de que sus “recursos técnicos” son amplios y le permiten escribir un relato exuberante, lleno de personajes y situaciones, que pasa con facilidad de una oración a otra, de una página a la siguiente, sin transitar el lugar común.
En cuanto a lo afectivo, no se le puede reprochar a Bizzio que Era el cielo ignore los sentimientos. Al contrario, estos están permanentemente expresados en la conciencia del protagonista y en las anécdotas amorosas de los otros personajes. El libro está repleto de historias de devoción y de celos, de sufrimientos, de corazones heridos por la conducta del ser amado. Y el núcleo de la trama es el amor del protagonista por Diana y por Vera, la devoción por su hijito Julián
Mi hijo, el ser más amado, el hombrecito que sostenía el sentido del mundo…
De hecho, Era el cielo es como Derrumbe, de Daniel Guebel, la novela de un padre. Es más, en esta última hay una historia, la del amigo que no se decide entre la mujer y la amante, que puede ser desde otra perspectiva la misma que cuenta Bizzio. Las historias de amor de la novela de Bizzio están rodeadas, acompañadas y adornadas de todo tipo de anécdotas y subtramas, desde policiales a humorísticas, desde la receta para vencer el miedo de volar a las anécdotas sobre el mundo de la televisión. En principio, no hay nada perezoso en Era el cielo sino un gran esfuerzo.
El tema del esfuerzo en la literatura aparece mencionado en varios momentos del libro. Por ejemplo:
Todo el mundo quisiera publicar un libro (“tener” un libro) pero nadie quiere tomarse el trabajo de escribirlo. (…) Disciplina y entusiasmo son las dos palabras que definen la práctica de las dos escritoras más importantes para mí, y no precisamente como escritoras: Diana y Vera.
Hay una gran ambigüedad en la frase. Y también en la siguiente:
Vera es como una aspiradora con un radar hipersensible que detecta y succiona materiales de las procedencias más diversas y los articula en textos ágiles y milagrosamente compactos.
Un himno a la eficacia, podía decirse, pero con un matiz de duda que reaparece en otro pasaje:
“Cuéntame una historia de mí; quizá no sea correcta, pero cuéntame de mí. Necesito una versión de mí.” Era desoladora, estaba llena de angustia más que de vanidad, llena de angustia y desesperación. Me pregunté si Vera sería capaz de escribir alguna vez algo así, no igual o mejor, la frase no es gran cosa después de todo, sino desde ese lugar. ¿Qué lugar? No lo sé, no lo supe.
Los personajes de Era el cielo son guionistas de televisión y/o guionistas de cine y/o escritores y entre esas tres profesiones o entre esas tres variantes de la escritura profesional la novela establece una dialéctica que define su propia forma. El protagonista se gana la vida con la televisión a la que odia (“detesto mi trabajo, detesto el mundo de la televisión”) y considera su tarea como una gigantesca pérdida de tiempo, como un ejercicio de talento y oficio desperdiciados.
El guionista de una tira diaria es un ser relativamente vivo que se desloma mecanografiando para el aire. Si no fuera porque suele forrarse, el carácter intrascendente de su esfuerzo lo haría rabiar en la misma medida en que la desesperación por lo masivo atrofia su sentido del humor, si es que lo tenía antes de lanzarse a la aventura; el éxito —la composición de la fórmula del éxito, cada vez más conocida y mejor articulada por un puñado de empresas creadoras de la tribu millonaria de adoradores de Lo Mismo— es su única satisfacción aparte del dinero.
En ese contexto, lo de la disciplina y el entusiasmo (parientes del esfuerzo y la dedicación del guionista televisivo) aparecen como cualidades femeninas, de mujeres que son queridas por el narrador, pero no necesariamente “como escritoras”. Pero Bizzio señala un valor en esa energía y advierte que la literatura podría beneficiarse de ella, de los procedimientos “ágiles y compactos” del guión de cine y de televisión. Hay un pasaje clave en el que el gerente de programación del canal le dice al protagonista:
Vos tenés talento, sos culto y estás en el lugar equivocado (…) ¿No pensaste en escribir un libro?
Mediante una vuelta de tuerca, Era el cielo se transforma en ese libro: no el libro de un guionista de televisión que descubre la literatura, sino el libro de un escritor que descubre que las formas de la televisión y el cine comercial pueden servir como patrón, ingrediente o talante de su escritura. Bizzio propone una especie de síntesis y de aggiornamiento que parte de que la televisión es vacía e inútil pero tiene un método interesante, que merece ser puesto en tensión con el lenguaje literario. Dicho de otro modo, no se trata de hacer televisión literaria (las noches cultas) o literatura televisiva (el best-seller) sino de hacer la televisión en la literatura, de demostrar que la literatura como literatura puede ser la buena televisión que la televisión no es. Esa iluminación determina, en particular, la estructura de Era el cielo.
La novela empieza bien arriba, como diríamos de un teleteatro (el marido que ve la violación de su mujer) y con un misterio a develar (por qué ella no se lo cuenta). A las pocas páginas (en el pasado) el protagonista aparece envuelto en otra historia de amor que, además, tiene como paralelo un cambio de pareja entre homosexuales. Trini, colega del narrador, deja a su amante cirujano porque es viejo y tiene sida y se engancha con Nudler, un escultor que le pega y está a punto de matarlo. Al poco tiempo de conocerse, el protagonista y su novia van a una fiesta en la que ella flirtea con una lesbiana. Más adelante, ella lo engaña con un ejecutivo. Son situaciones de folletín, materiales de ficción sensacionalista y sentimental.
Paralelamente a estas pasiones, se desarrollan las del programa de televisión que el narrador está escribiendo. Hay también allí un triángulo con sus variantes de infidelidad y violencia. En algún momento, el programa empieza a languidecer y a perder rating, mientras que la novela se desinfla un poco y parece no tener nuevo material morboso para ofrecer. Así es como exactamente en la página 100 (de un total de 200), el gerente de programación anuncia la estrategia a seguir.
Quería un poco más de acción, eso era todo. Una muerte, un golpe bajo, otro casamiento, algún secuestro, más besos, más sexo, más de eso, estaba como desbocado. “Toda la carne al asador” había sido su consigna al comienzo de la tira, contradiciendo una vida profesional enteramente dedicada a la dosificación de la nada, al estiramiento de lo mínimo en el mejor de los casos; ahora no había forma de echarse atrás, estaba jugado, todos estábamos jugados, lo que podía hacerse ya se había hecho y los únicos dos caminos eran el subrayado y lo imposible.
Luego de la arenga, hay un párrafo compuesto por una sola frase y que parece hablar de la novela más que de el programa:
Muy bien, allá vamos.
Inmediatamente, Bizzio produce una escena en la que Vera se mete en la pileta con un tiburón asesino y luego otros hechos truculentos o inquietantes. Entre ellos, un merodeador que acosa al protagonista, la historia de un escritor que estuvo siete años en coma, la historia de escultor cuyas obras son asesinas (no sólo por la estética), un asesino serial que mata gente en el mismo edificio, el suicidio del gerente de programación, un choque entre un taxista y la cirujana que el día siguiente debe operar a su hijo (esta es de película de Iñárritu) hasta desembocar en la solución del enigma de la violación y la liberación del protagonista del miedo a los aviones y su promoción a guionista de cine.
En fin, hay pocas dudas de que Era el cielo es una novela intensa, plagada de momentos fuertes, como si su matriz de confección fuera la del serial televisivo. El truco es que es eso sin dejar de ser literatura, con la introspección y el trabajo de lenguaje que les cabe a las novelas “de escritor”. En un momento, hablando de Vera, escribe Bizzio: “la televisión avanzaba sobre su literatura de la misma forma en que avanza sobre la vida de los demás”. La batalla que le da carácter a la novela es la de ese esfuerzo por absorber la televisión desde la literatura sin sucumbir a ella. El experimento, desprolijo, irregular, parece intentar un salto cualitativo que saque al escritor de la medianía, de la tragedia de ser como un personaje que la novela describe en términos crueles:
No era malo, todo lo contrario, era un buen escritor; el problema era que lo hacía todo demasiado bien. Con un poco menos podría haber sido tal vez un escritor comercialmente exitoso; con algo más hubiera escrito algo importante o de valor. Ese equilibrio lo volvía inocuo, epigonal, lo anulaba. (…) Trabajaba sin descubrir, como un espejo en el que nadie se mira. Cuando murió era todavía joven: tenía cuarenta y cinco años.
Como si huyera de ese fantasma, de ese modelo que en otro tiempo hubiera sido motivo de orgullo para un escritor, Bizzio pone toda la carne en el asador y se dispone a batir a los best-sellers en su propio terreno, con las armas del escritor refinado pero dispuesto a hacer correr la adrenalina y con un tono que bordea continuamente el sarcasmo. Desde allí, con los intermedios cómicos o truculentos necesarios, escribe la enésima novela que tematiza la angustia del varón de mediana edad, ocupado con su trabajo y con sus afectos familiares, concentrado en un grupo, en una clase, ajeno a cualquier contaminación con la política o con la Historia y así se ubica, paradójicamente, dentro del paradigma de una literatura eficaz, un arte que no toma prisioneros.
En algún momento del libro, Bizzio señala como motivo del máximo desprecio a “esa clase de gente que discute si es mejor Buster Keaton o Chaplin” y les atribuye esa costumbre a los frívolos actores de la telenovela. Una afirmación tan desatinada en lo fáctico (ni los actores de telenovela discuten esas cosas ni se trata de una cuestión estética intrascendente) hace temer que ese furor por el uso ficcional de la autobiografía que se ha apoderado de la generación de Bizzio responda no solo al intento de forzar una mejora en la consideración masiva de su obra, sino también a una mirada bastante distorsionada sobre el resto del mundo. Creo que, en el fondo, Enríquez tuvo una intuición acertada, aunque la intentó probar con mandobles mal dirigidos: que estaba ante una novela tilinga.
Foto: Montes-Bradley
Enero 11, 2008 a las 3:41 pm
Alguien debería avisarle a Bizzio que esa discusión ya no existe, nadie sabe quien es Chaplin o Buster Keaton o Harold Lloyd o Roscoe Arbuckle. Quiere volar culto y aterriza como un pelotudo.
Ni Bizzio ni ninguno de esa banda de impresentables a la que pertenece (el único serio ahí es Chitarroni) se salva de la hoguera. Son borregos de los medios. Sólo les importa aparecer en las publicaciones que desprecian en su fatua retórica para ignorantes. Hace dos premios Clarín el bobo de Guebel subió al escenario del Malba a recibir una mención creyendo que se había ganado el primer premio (Betina Alonso). Agradeció a la abuela que vino en el Wesser, a la madre, a la hija, a los amigos presentes, se fue largo explicando cómo había escrito la novela y, mientras tanto, la gente se doblaba de risa porque él era el único que no se había dado cuenta del papelón. Me hizo acordar la escena en que Derek Zoolander sube a recibir el premio al modelo del año después de que Prince menciona a Hansel.
Dos (dos) días después Guebel liberó desde Perfil una columna proactiva en donde relató el error pero donde también habló mal de los premios literarios, especialmente los que otorgan los grandes medios, incluyendo al de Clarín que aceptó recibir. Jorge Aulicino, con razón, lo cruzó en Ñ.
En fin, la historia los sepultará a todos ellos con apenas un par de paladas.
Saludos. Ana.
Enero 11, 2008 a las 4:11 pm
[...] Acá, la reseña. [...]
Enero 11, 2008 a las 5:27 pm
Después de leer el comentario de Anita sólo puedo escribir lo siguiente:
Al margen de que unos cuantos, todavía sabemos quienes fueron Chaplin, Keaton, Lloyd y el gordo Arbuckle.
Enero 11, 2008 a las 5:38 pm
Me asombra la ausencia total, absoluta que tiene Quintín de pelos en la lengua. Eso me gusta. Como lector del blog, ojo.
Enero 11, 2008 a las 6:20 pm
¿Saben cuál es el problema? El problema no está en saber quién es quién entre el cotilleo de la cultura, el problema es el producto, la funcionalidad, el alcance de la cultura. Y ahi es donde Bizzio hace aguas.
Y esto no es un juicio de valor, ni una crítica. Bizzio es amigo del humanoide, pero es algo que sucede y acaba malogrando todas las buenas intenciones que acaso la literatura moderna todavía tenga.
Enero 11, 2008 a las 6:45 pm
Coincido con Ana Coluto. Declara Bizzio en La voz del interior: “No tengo ninguna simpatía por los grandes temas”. Qué le va a hacer, don Sergio, si no salen, no salen…
Enero 11, 2008 a las 7:05 pm
La nota de Quintin sobre el libro de Bizzio es brillante, porque lee a la perfección cómo hace literatura un escritor con su materia, aunque el comentario final (”una novela tilinga”
parece desconcertante e injusto con el libro que leyó de manera tan rápida y exhaustiva. Lo que es imperdonable es que sus reglas de moderación no alcancen para librarnos a los lectores eventuales de los comentarios de una corte variada de cancheros y maleducados que suelen acotarlas. Un ejercicio bien argentino, despreciar a los demás.
Enero 11, 2008 a las 7:15 pm
El contexto querido…. si vas a citar mejor que lo hagas bien, sino se malinterpreta y después hay que bancarse cada comentario…..
Coincido, hay mucho canchero y poca lectura.
En fin… lamentable el hermetismo que no permite disfrutar de una excelente novela.
Enero 12, 2008 a las 11:02 am
De acuerdo con Q. y Galois, en cuanto a Keaton, Chaplin y los clásicos.
No entiendo el enojo de Ana, al menos el odio que destila su comment.
El debate acerca acerca de Keaton y Chaplin atraviesa la historia del cine. No puedo resistirme a citar unas palabras de Fellini alusivas:
“Buster Keaton me gustaba más que Chaplin, que me producía cierta desconfianza con esos ojos claros de gato y esos dientes agudos de roedor. Reconozco que es probable que haya sido el más grande de todos ellos, pero Keaton no hace chantaje con los sentimientos. Sus luchas, sus desastres, no los vive para reparar daños o injusticias; no pretende conmovernos ni engañarnos. Al parecer, su esfuerzo obstinado consiste en sugerirnos un punto de vista, una perspectiva totalmente diferente, casi una filosofía, una religión distinta que trastrueca y torna ridículas e inútiles todas las ideas y postulados congelados en una conceptualidad inalterable: un ser curiosos, resultado directo del zen budismo. Y en verdad Keaton tiene de los orientales esa imperturbabilidad, esa falta de reflejos. Toda su comicidad es la comicidad de los sueños donde la alegoría, la ligereza, el aspecto burlesco se viven en lo más hondo, una enorme risotada ante el contraste inmenso, inconciliable, entre nuestros puntos de vista y el misterio de las cosas” En “Conversaciones con Fellini. Algún día haré una bella historia de amor”, Giovanni Grazzini. Gedisa.
Enero 12, 2008 a las 12:26 pm
La inconducente discusión sobre gustos (Chaplin vs Keaton), desvía el eje de la cuestión. Que la singular lectura provisoria de Quintin sobre el libro de Bizzio y otros semejantes posee un singular punto débil: Quintin prefiere juzgar autores -o sus intenciones, que son siempre un exudado de su idea de una imagen del yo puesta al sol de la prensa, es decir, mera estupidez- y no obras, leer obras para encontrar psicopatologías o tilinguerías sólo porque sus personajes afirman o niegan algo. Esa identificación entre autor y personaje retrocede el juicio literario a la época del psicoanálisis más primitivo, a la psicología del autor. El derivado salvaje de esta perspectiva son los mails de sus acólitas o anacolutas, meros insultos que prefieren prescindir del examen de las obras para vilipendiar a sus productores.
Enero 12, 2008 a las 1:56 pm
Dear Metro,
Yo no escribí sobre el libro de Bizzio. No lo leí y, como a la conocida escritora Adeleine Virginia Stephen, mis mayores me enseñaron a no pronunciarme sobre lo que desconozco. Sólo hice un comentario peregrino relacionado con una información que el señor Quintín ofrece en las primeras líneas de la reseña. Es todo lo que tengo que decir. Saludos. Ana.
PS: Si perdemos el humor el blog pierde el sentido.
Enero 12, 2008 a las 2:39 pm
“Alguien debería avisarle a Bizzio que esa discusión ya no existe”
“Quiere volar culto y aterriza como un pelotudo”
“Ni Bizzio ni ninguno de esa banda de impresentables a la que pertenece”
“PS: Si perdemos el humor el blog pierde el sentido”
La verdad, me cuesta encontrar el humor en las tres primeras frases.
Quizá Ana sea amiga de Bizzio (y del resto de la banda de impresentables) y se reúnan a ver pelis de Keaton, Chaplin y demás…
Y todo sea un chiste interno dicho con cariño.
Enero 12, 2008 a las 5:10 pm
Metrópolis, discutir sobre Keaton y Chaplin no solo tiene que ver con gustos, involucra concepciones distintas acerca del cine y del mundo.
Además los gustos y las opiniones trabajan juntos no son necesariamente enemigos.
Comparto la perplejidad de Galois acerca de los comments de Ana.
Enero 12, 2008 a las 11:58 pm
Es curioso que los comentaristas de mis comentarios prefieran omitir mis consideraciones respecto del autor inicial, es decir, Quintin (no Bizzio). La señorita Ana coluto, a quien desconozco, es obviamente un caballero camouflado bajo el chiste de la figura retórica, y que goza del ano nimato para proferir insultos fingiendo encabalgarse en un humor inexistente. La brutalidad no es elegante, impacta, y tampoco pertenece a una de las bellas artes Allá él/ella. En cuanto a Era el cielo -libro que no leyó pero que no le impide proferir sandeces-…no pretendía decir que discutir sobre Keaton y Chaplin fuera inconducente, para quien supone que en esa oposición hay una estética, una ética y un mundo, sino marcar que ese banal ejemplo extraido de la novela de Bizzio le permite a Quintin liquidar a la novela de Bizzio como tilinga (luego de leerla extraordinariamente bien, y desde ya garanto que no soy Bizzio), como si en el libro esa oposición no fuera un rasgo más de la furia del personaje ante el mundo en el que vive, y no, como piensa Quintin, muy banalmente, como si se tratara de la típica oposición clasista del Landrú de Gente, in o out.
Enero 13, 2008 a las 9:11 am
[...] después está Quintín, que no sé cómo [...]
Enero 13, 2008 a las 1:09 pm
Dear Metro,
¿Todo te lo tomás tan en serio?
Let us sport us while we may, dear.
Ana (juro que no soy Ano).
Enero 13, 2008 a las 2:57 pm
Metrópolis, tu último comment empieza de manera intrigante. Qué querés decir cuando escribís “Es curioso que los comentaristas de mis comentarios prefieran omitir mis consideraciones respecto del autor inicial, es decir, Quintin (no Bizzio)”
Por qué es curioso? Acaso hay alguna regla que diga que para hacer un comentario hay que referirse exclusivamente al autor del arítculo? O querés decir que esa ausencia de comentarios acerca de lo de Q. te da la razón en lo que decís?.
Con respecto a la tilinguería o no del libro no puedo discutir porque no lo leí. Pero en tus comments, correjime si interpreté mal, vos sostenés que hay obra y no autor, o al menos que no se pueden encontrar vínculos entre obra y autor y si los hay son irrelevantes.
Lo que importa es la obra afirmás. Pero la obra no se hace sola, hay un autor detrás. Autor en el sentido de un punto de vista, una concepción del mundo y de la literatura. No interesa lo que haga Bizzio en su vida privada, ni se trata de meterse en vericuetos inescrutables de la psiquis, menos de hacer psicoanálisis.
Lo que dicen los personajes está relacionado con el autor. Incluso si se tratara de personajes ajenos a las convicciones del autor. En ese caso se trata de la idea del autor acerca de las convicciones y preferencias ajenas. Y no estoy diciendo que los personajes tengan que ser marionetas previsibles de un autor antojadizo. Digo que aunque los personajes sean libres, no previsibles en el mejor sentido, siempre hay un responsable. Mucho más en el caso de un libro. En el cine, por más que las autores más importantes siempre fueron los directores, las autorías pueden estar más repartidas con otros protagonistas de la obra como los actores, el guionista, los productores. Sobre esto último Eastwood en “Cazador blanco, corazón negro” apunta cosas muy interesanes.
Enero 13, 2008 a las 4:02 pm
Y Truffaut tiene una frase muy ilustrativa sobre el tema que no veo porque no puede aplicarse a la literatura. “No creo que haya malas o buenas películas, creo que hay buenos y malos directores”.
Enero 13, 2008 a las 9:03 pm
lo que deseaba decir, sin ánimo particular de discutir, era que las licencias que se toma Quintin mezclando sujeto y objeto de su producción, confundiendo afirmaciones del autor y obra, termina en el recurso ad hominem que en su última estribación produce el efecto Anacoluto y su nada humorística manera de vituperar a las personas, y lo lamentaba por Quintin, porque me parecía que su brillantez se veía opacada por esa fealdad conceptual (y por otras, como suponer que un autor que escribe “impacta” no es “elegante”). Perdón por las rimas internas, pero no soy una cazadora de cacofonías como lo era Flaubert
Enero 13, 2008 a las 10:25 pm
Metrópolis. Sin ánimo particular de discutir, terminemos con esta tontería. Bizzio escribe:
“El galán bueno era un tipo de mediana edad, musculoso, caprichoso, emocionalmente producido, con implantes dentales en los colmillos, pelo largo y camisita mao. La heroína era igual a él, excepto por el dato que sus implantes no estaban en la boca sino en el pecho. Eran esa clase de gente que discute si es mejor Buster Keaton o Chaplin y que serían capaces de lavar un shopping con la lengua con tal de no perder el pelo, en caso de ella, o echar tetas, en el caso de él (para seguir con sus preocupaciones principales además de actuar, digamos).”
Bien, sé perfectamente que no deben confundirse las opiniones del autor con las de sus personajes. Pero esta decripción en boca del narrador es un retrato muy despectivo de dos personajes que a su narcisismo agregan la máxima frivolidad de discutir sobre Keaton y Chaplin. Esta es una típica opinión del autor por boca del protagonista y narrador. No hay señales de que Bizzio tome ningún tipo de distancia con ella. Si no se acepta que Bizzio piensa eso, tampoco hay que aceptar la descripción de esos personajes y la novela se reduciría a un conjunto de palabras sin sentido. Tal vez, entonces, la violación no es un violación, porque el que la relata es un personaje, etc., etc. Está bien, la literatura son palabras, pero el autor elige unas y no otras y se hace responsable por ellas.
Me puedo habe equivocado en mil cosas respecto de la novela, pero no en que Bizzio piensa que es de boludos discutir sobre Keaton y Chaplin.
Q
Enero 14, 2008 a las 4:15 pm
Quintin confunde las ideas de un escritor con la posición de su narrador-personaje. Dios mío. ¿Quién le explica que no es lo mismo? ¿Qué es en literatura una “típica opinión del autor por boca de su personaje”? ¿ Eso sólo lo puede afirmar alguien que cree que conoce al autor, lo que piensa el autor, cómo se desdobla…Es decir, alguien que se adjudica la potestad de leer intenciones…Para leer, no hay por qué dar por aceptada, ni entendida, ni compartida, la presunta opinión del autor.
Enero 14, 2008 a las 4:27 pm
Sí, dios mío. Yo no confundo nada ni tengo la menor idea previa de lo que piensa Bizzio: se deduce de ahí. No hay manera de escribir ese párrafo creyendo que la discusión ente Chaplin y Keaton tiene sentido. Es como si dijera “es la clase de gente que cree que Maradona sabía jugar al fútbol”. Hay dos posiblidades: o el tipo piensa esa gansada o quiere descalificar al narrador, tratarlo de loco o imbécil. No hay nada en la novela que haga pensar esto último, por lo tanto es lo primero.
Y ya basta de trirame con dogmas y hacerse los maestros ciruela. Aprendan a leer sin un manual al lado, boludos.
Q
Enero 14, 2008 a las 7:17 pm
¡Es el narrador, idiota, el que lo cree, no necesariamente el autor! Incluso, podría creerlo el propio autor, además (Dios mío, por qué no se puede subrayar, acá), y eso no significaría nada! Que un personaje de una novela eventualmente piense idioteces tampoco vuelve idiota o tilingo al libro o al autor.
Y más boludo sos vos, que creés que sabés lo que piensan los demás.
Cariñosamente, bramante.
PD: No sé para qué ponés reglas de moderación si terminás insultando a tus comentaristas.
Enero 14, 2008 a las 7:42 pm
Los insulto porque me saca de quicio tanto dogmatismo, que la gente sea capaz de negar la evidencia que tiene delante de las narices a partir de una receta aprendida no sé dónde.
Lo intentaré de nuevo.
Teoría de la novela.
Capítulo 1, Cada vez que una novela tiene un protagonista cuyo flujo de concienca es el hilo conductor del relato (no importa si en primera o tercera persona), se abre un espacio entre el autor y el personaje, un espacio incerto, resbaladizo, fantasmático. Pero un espacio al fin que genera una serie de mecanismos de duplicación, de negación, de contraste. Pero las dos figuras ocupan permanentemente (alternadamente a veces) la lectura y es imposible ignorarlas en su potencialidad, pasar por alto ese juego dialéctico.
Capítulo 2. Si bien los personajes no tienen por qué expresar las opiniones o los pensamientos del autor, cuando la persona del narrador es tan central, cada vez que este formula una idea se pone en tensión con su contraparte (fantasmática), el autor. Es lícito preguntarse si este la convalida o la niega o la utiliza como recurso narrativo. Pero como la literatura no es un acto psicótico, un mero juego de palabras intercambiables, es posible —al menos como hipótesis— plantear la relación entre autor y personaje a nivel de esas opiniones. No hay demasiadas alternativas, por otra parte, y lo que no se puede decir es que poner una opinión en boca de un personaje sea un acto gratuito, Porque el autor se involucra, a favor o en contra (puede haber matices, etc.), al poner esas ideas como parte de la conciencia del personaje. Si no deja de ser un escritor y se vuelve un autómata o en un irresponsable.
Capítulo 3. Cuando la opinión en cuestión no es central sino marginal a la trama, no hay ninguna razón para que el autor ponga en sus personajes opiniones que no comparte. En general, es lo insignificante lo que nos delata y aquí ocurre lo mismo. Si el libro narrara una discusión entre cinéfilos, podría haber muchas razones para que alguien dijera lo de Keaton y Chaplin. Ee este caso, en cambio, cuando se trata de un mero recurso retórico para reforzar la descalificación a dos personajes que se hacen implantes y cultivan un máximo narcisismo, esa retórica adicional no es objeto de análisis ni de inversión por parte del autor, que termina revelando su tilinguería al respecto. Qué le vamos a hacer, a todos nos pasa cuando hablamos de lo que no sabemos. Y en el caso que nos ocupa, uno empieza a sospechar que está ante un autor tilingo, cuya visión del mundo es poco sofisticada en algunos apsectos. Por ejemplo, el cine. Aunque haya dirigido una película, Bizzio no se enteró de que la discusión que desdeña es esencial en el universo cinéfilo. Bueno, tampoco es tan grave ser tilingo, después de todo.
Q
Enero 14, 2008 a las 8:08 pm
Q Por las dudas no me tildes de boludo, es la pregunta de un neófito que intenta aprender con alguien que sabe, seguro, más que uno y por lejos. Pero vale: ¿juega algún papel el inconsciente del autor en la elaboración del personaje? Digo un poco pensando en lo que decís:”Porque el autor se involucra, a favor o en contra (puede haber matices, etc.), al poner esas ideas como parte de la conciencia del personaje” Las pone en la conciencia del personaje, que no es, necesariamente, su propia conciencia. Claro que estoy apelando a la teoría de Freud y no todo el mundo está de acuerdo con ello aunque, los que le reconocen algo, lo hacen, precisamente, en su labor con la idea del inconciente y sus formas de afloramiento.
Enero 14, 2008 a las 8:12 pm
Puede ser que el inconsciente juegue malas (o buenas) pasadas, pero de todos modos escribir es un acto que se puede analizar, de un modo u otro.
Q
Enero 14, 2008 a las 8:14 pm
Sólo quienes no saben HTML se ponen a patalear como
bolniños caprichosos.Enero 14, 2008 a las 8:55 pm
Sólo se me ocurre un ejemplo de tilinguería para traer a esta apasionante mesa de discusiones: que un crítico eventual, brillante y esforzado, se esfuerce por demotrar pese a todo la pertinencia de ese mote de clase media, “tilingo”, aplicado a la obra de un autor, simplemente porque uno de sus personajes (así sea el más importante), toquetea al pasar y desdeñosamente un punto que a él le parece central en la historia de la cinematografía (si es que el oximorón historia y cinematografía es tolerable). De todos modos, el debate es interesante. Para echar una maderita al fuego, ¿era idiota Faulkner, incestuoso Sófocles, es pajero Pauls?
Enero 14, 2008 a las 9:09 pm
Idiota, incestuoso y pajero. ¡Qué interesante! ¿ no podría caber el interrogante a cualquier hombre o mujer?
Enero 14, 2008 a las 9:14 pm
No hay caso. Está claro que Faulkner no era idiota, no sé si Sófocles era incestuoso. Pero, ¿Pauls pajero? Hmm… Je.
No soy tan tonto como para creer que un autor es cada uno de sus personajes. Pero es imposible no detenerse a pensar (o pensar mientras se lee) que Pauls y Rímini tienen mucho en común. Aunque uno nunca vaya a saber si el escritor es pajero o no, la sospecha está. Quiero decir, es el espacio virtual de espejos que se reflejan mutuamente y del que hablo antes. Uno habita ese espacio cuando lee y el autor también, más que nadie. Y cuando se trata de una opinión, cuanto más marginal en la anécdota mejor, no hay escapatoria.
Que de ahí no se deduzca matemáticamente la tilinguería (pongámosle despiste, frivolidad, relación otaria con el mundo) de Bizzio (no de su obra, no tiremos la pelota afuera, de él) no quiere decir que esa posibilidad no esté plenamente sugerida ante la repentina aparición de un agujero negro (no es el único) en su apreciación del mundo.
Que historia y cinematografía son incompatibles, ya lo dijo Godard, pero escribí de eso en otra parte.
Q
Enero 14, 2008 a las 10:15 pm
“Relación otaria con el mundo”… Qué bueno. Parece un aguafuerte perdida de Arlt.
Enero 14, 2008 a las 10:55 pm
Metrópolis y Bramante tres cosas.
1 ¿cuál es el problema con la calificación de tilingo?. Para mi es una manera de referirse a lo superficial, lo liviano. Pero, sobre todo, lo asocio con la liviandad no asumida como tal que proviene de la subestimación y del desdén. Es el tipo de liviandad que se llena la boca de frases altisonantes y la embarra hasta lo más profundo.
2- Ya que rechazan que la voz del autor esté presente a través de los personajes, no les parece que deberían aportar una alternativa acerca de como se interpreta una obra? Porque si lo piensan bien según ustedes, no habría forma de encontrar el pensamiento del autor. Lo cuál es un despropósito porque eso es en definitiva lo que genera el libro, una película, una obra. O el arte se hace solo?
Enero 14, 2008 a las 11:00 pm
Eran dos las cosas obviamente.
Enero 15, 2008 a las 6:57 am
Yo estoy de acuerdo con Bizzio o con el narrador o con quien sea: si dos tipos se ponen a discutir quién es mejor, si Buster Keaton o Chaplin, yo pienso que son dos tarados.
Enero 15, 2008 a las 10:05 am
¿Terminaron?
Enero 15, 2008 a las 10:20 am
… yo si …
¿ tenés un pucho ?
Enero 15, 2008 a las 11:55 am
“esa banda de impresentables” son escritores, mejores unos, peores otros, pero en todo caso tipos que están tratando de hacer una obra.
Novela tilinga? no leí la novela, puede que sea mala, regular, fallida, pero decir que es tilinga me parece un comentario cheronca y sobrador.
Bah, lo mejor sería dormir, completamente ebrio, sobre la playa.
Enero 15, 2008 a las 12:38 pm
Anónimo, estaría bueno saber la razón por la cuál discutir sobre keaton y Chaplin supone taradez. Los tarados no nos damos cuenta, ustedes los vivos deberían ayudarnos a nosotros los tarados.
Carlos, tratar de hacer una obra no disculpa a nadie. O hacer literatura es tarea superior en si misma?, entonces los que hacen “cultura” tienen que ser tratados especialmente?
No puedo entender la obsesión con la palabra “Tilingo”. Es más me parece interesante descubrir tilingería en el medio intelectual. O los escritores están libres de superficialidad y estupidéz?. Además Q. dice muchísimas cosas más en su crítica. Otra cosa es que ese equivoque y no sea una novela tilinga, eso se puede discutir.
Enero 15, 2008 a las 4:09 pm
Q, yo creo que esto amerita un post sobre Buster Keaton y Chaplin…
Enero 15, 2008 a las 9:18 pm
O, al menos, sobre la tilinguería en la vida moderna.
Signifique eso lo que signifique.
Enero 15, 2008 a las 9:27 pm
Sherlock Jr. (1924) de Buster K. está entre las diez mejores cintas que esta humilde espectadora vio en su corta-larga vida. Cuando lo soliciten enumero las nueve restantes. Saludos. Ana.
Enero 16, 2008 a las 9:26 pm
Había algo que me sonaba…Creo que la propensión psico-biográfica del monarca de estas pampas ésta vez dio en la tecla. De golpe me acordé. Cuando era joven y estudiaba Historia, mi novia de entonces, que era de Letras y posaba de chica liberada, estaba enamorada de Pauls, se acostaba (creo) con Chejfec y se había hecho amiga de Bizzio y de Guebel; como el dúo me parecía de lo más simpático e inofensivo, yo también me juntaba con ellos en el bar. Todo es vagaroso, salvo la presencia de un trío que se juntaba también ahí, el Negro Palacios, garciamarqueziano confeso y autor de un sólo cuento, “El dique y otras aguas”, confeso dipsómano -su frase era: “mi mujer sabe que entre su cuerpo y el de la botella, la que pierde es ella”-, un tal Carlitos, presunto service, que concluía toda disputa asegurando que la realidad es una síntesis trigonométrica. Un día que Carlitos no estaba, Guebel y Bizzio se trenzaron en una discusión furibunda acerca de Chaplin y Keaton. No recuerdo quién prefería a cuál, ni las argumentaciones. Lo que me llamó la atención fue el énfasis y la duración del debate, y semejante derrame de pasión sobre un asunto que ni siquiera era literario. Que 30 años más tarde Bizzio refresque la oposición, adjudicándole un rasgo presumiblemente frívolo al asunto, no debería leerse entonces como una prueba de tilinguería o de carencias de su weltanschaung cinematográfico, sino más bien como un gesto melancólico y autoirónico acerca de las injurias del tiempo. Claro que explicarle eso a Quintin tal vez se haya convertido en un ejercicio nada proustiano de tiempo perdido.
Besos a todos.
Enero 16, 2008 a las 9:37 pm
Sin intentar desmentir un testimonio tan autorizado, podría responder que esto prueba que Bizzio es más tilingo aun de lo que pensaba, ya que desprecia el pasado en el que él mismo no era tan tilingo.
De todos modos me cuesta imaginarlo a Guebel, que de cine nunca entendió nada, ocupado en una discusión semejante.
Cabe una tercera posibilidad. Que ese guiño a su amigo y a sí mismo, esa autoironía sea producto de otra circunstancia temible, que Bizzio sea un poco sicótico y escriba dentro de un mundo privado.
Q
Enero 17, 2008 a las 8:03 am
Este es el blog de la injuria, la mala fe y la descalificación ajena. Un psicólogo aquí, no allá. Adiós.
Enero 17, 2008 a las 9:04 am
No, es el blog de los que nunca dan por perdida una discusión.
Q
Enero 17, 2008 a las 9:10 am
Y también es el blog de los que no entienden las bromas (ajenas).
Q
Enero 17, 2008 a las 2:17 pm
Cabe una cuarta posibilidad, que la gran novela no sea ni Derrumbe ni Era el cielo, (que no leí) sino Baroni:un viaje, de Chejfec, que sí leí, y es una gran novela no porque la haya leído yo, sino porque yo lo digo (y aclaro que esto es una broma, lo de que lo es porque yo lo diga, no lo de que sea una gran novela, lo aclaro ya que las bromas ajenas no se entienden y yo soy ajeno a la discusión, se entendió? me temo que no)
Metrópolis, ya sé que te enojaste y te fuiste, pero me dejaste con la intriga: aquella discusión, ¿quién la ganó?
otra: tu novia, ¿con quién se quedó?
Enero 17, 2008 a las 2:41 pm
La novia era Ana Coluto.
Que ahora es la esposa de Bizzio. Pero le pidió el divorcio.