Mi primer plagio
1. Humillarse
por Andrea Paula Garfunkel
Mi primer intento de plagio fue frustrado. Doblemente frustrado, porque no sólo fracasé intentando plagiar a un autor sino que también lo hice pretendiendo falsear mi propia vida. Escribir tiene eso: uno puede mentir con total impunidad y sin ningún tipo de consecuencia –bah… más o menos– encubierto por la ficción.

Para esos tiempos yo tenía un novio del cual no estaba enamorada, pero sí lo estaba –ay perdidamente– de su biblioteca. Creo que ese era el verdadero motivo por el que no conseguía despegarme de él –digo, de sus libros. El muy cretino no me dejaba tocarlos, y mucho menos leerlos, sin su permiso. Los mezquinaba de tal manera que provocaba en mí un deseo sobredimensionado y que hoy, a la distancia, me lleva a pensar que ahí nació mi amor por la lectura –algo bueno, entonces, me dejó.
Para acceder a su biblioteca había que atravesar absurdas discusiones, fundamentar por qué ése y no otro, someterse a humillaciones, manipulaciones… “Que ése podía ser, pero que empiece por este otro.” “Te lo presto si terminás primero éste.” “Aquél no lo vas a entender, es demasiado complejo para vos.” “Que ni se te ocurra siquiera tocar el de lomo azul, pues ni yo lo empecé a leer.” La manipulación llegaba a tal punto que se extendía a decisiones sobre nuestra propia vida. Él –y que alguien me contradiga– había encontrado en mí una debilidad y eso lo inflaba de poder. Es que yo me encaprichaba de tal manera –haciendo gala de lo malcriada que soy– y protagonizaba las más ridículas rabietas que ni el hombre más complaciente hubiera conseguido dominar –obviamente mi novio, el cretino, estaba lejos de ser condescendiente.
Fuera de estos episodios belicosos solíamos compartir algunos gratos momentos, que eran escasos. Por esos tiempos yo tenía una posición preferida para leer –entiéndase que reiteradamente entregaba mi alma al diablo a cambio de algún libro– y ninguna o todas para hacer el amor. En el sillón de dos cuerpos él se sentaba a un lado como uno se sienta habitualmente en un sillón de dos cuerpos. Yo, en cambio, me recostaba boca arriba con la cabeza en su muslo y las piernas cruzadas en cuatro para sostener el libro abierto en posición de lectura y no fatigar mis brazos. No era la postura más cómoda pero, sin que eso fuera prioritario, la prefería. Sumergidos en el submundo de la lectura, cada uno en lo suyo e ignorándonos mutuamente, nos sentíamos acompañados. Raras veces nos recitábamos en voz alta fragmentos de historias que queríamos compartir y después, u otro día, nos preguntábamos: –¿y, qué pasó con tal o cuál cosa?

Otras tantas, él me sorprendía con una incursión en el escote. Yo me dejaba sin resistencia –no sea cosa que me quitase el libro. Él pasaba su mano por mis pechos estancados en la adolescencia, hasta detenerse sobre el derecho y con dos de sus dedos, el pulgar y el índice, comenzaba a pellizcarme el pezón hacia arriba hasta dejarlo pétreo. Yo no me oponía –no sea cosa que me sacara el libro justo en la parte más atrapante y me lo negase de por vida– mientras seguía con mi lectura y él con sus mecanismos tentadores de disuasión. No había manera de que yo dejara de leer. A él no le faltaban estrategias para lograr su deseo –obvio. Hubo un día que el cretino estaba con ganas de sexo por demás y particularmente perverso. Parecía que el hecho de sentirse ignorado lo excitaba más aún, así es que no paró hasta poseerme… De pronto, como si el libro hubiera trocado de novela histórica a thriller, me sentí inmersa en una oscuridad total. Quise tocarme los ojos, pero no llegué a palpar la cinta negra de raso que los cubría porque él se interpuso a mi mano, la juntó con la otra y las ató no fuerte pero sí firme, de manera que yo no pudiera librarme. Mi adrenalina comenzó a subir a un ritmo vertiginoso y quedé expectante y entregada a lo que pudiera venir. Lo único que deseaba era la certeza de poder reencontrarme con la lectura cuando todo eso hubiese terminado. No puedo negar que experimentaba una placentera perversión al sentirme disminuida. No… no lo puedo negar. De pronto reconocí un olor familiar, de la niñez. Él sacó de su boca y luego pasó por mis labios una bolita pequeña, de textura lisa, pegajosa y sabor a “pico dulce”. La atrapé con un lengüetazo y comencé a saborear con avidez. En el momento que estaba más entusiasmada chupándola, succionándola y enroscándole la lengua él –el muy cretino– me la quitó bruscamente, como una penitencia infantil al niño que descubren comiendo golosinas antes de la cena. De manera abrupta y sorpresiva la introdujo en el hueco de mi vagina, la removió como quien revuelve el azúcar en el café, luego la extrajo, esta vez suavemente, arrastrándola por entre los labios calvos y turgentes, y volvió a meterla en su boca con el sabor de la infancia ya distorsionado por el de la lujuria. Me perdí en el juego amoroso y me dejé llevar… Aún así, recuerdo con claridad que al recobrar la conciencia, él, un poco menos cretino que antes, me devolvió el libro prometiendo que cuando lo terminara me dejaría leer ese que yo le venía implorando hacía tiempo, el prohibitivo –al menos para mí.
No puedo precisar cuál fue el motivo –probablemente no lo hubo– pero las cosas volvieron a estar difíciles. El menos cretino volvió a ser el más vil cretino y no cumplió. Yo había terminado el libro, así es que con total ingenuidad reclamé lo pactado y él, con total impunidad, quebrantó su promesa. Nunca me dejó leer el que yo tanto anhelaba, el inalcanzable.
(Continuará)
Enero 8, 2008 en 12:54 pm
! las cosas que hay que hacer por un libro ¡
(¿ un pico dulce ? ! cómo no se me ocurrió, maldición ¡)
Enero 8, 2008 en 1:10 pm
¿La señora escribiente es la bonda de CitySpa? ¿No que no? Creo que me estoy poniendo muy caliente…
Enero 8, 2008 en 2:15 pm
Andrea, en casa tengo mas de dos mil libros y no soy nada celoso de esa biblioteca mayormente heredada. Están a tu disposición. Es mas, si querés podés llevarte los que quieras, bueno siempre y cuando leas una gran parte ahí mismo. Beso.
Enero 8, 2008 en 2:34 pm
¿¿un pico dulce?? No da, como diría Jotafrisco.
Enero 8, 2008 en 3:43 pm
Alguien me acusó de no tener códigos, está bien lo admito, pero háganle acordar a Blaquier que es casado y que muchos de nosotros seremos testigos de ella en el juicio de divorcio.
Otra cosa :
1 Andrea : por favor no leas los libros de Blaquier, no tiene ninguno bueno.
2 Blaquier : acordate de que Andrea tiene un estilo ficcional.
Enero 8, 2008 en 4:15 pm
Que alguien me traiga un agua tónica!
Enero 8, 2008 en 4:19 pm
Pobre tipo, pensar que ahora están digitalizando hasta la biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Va a tener que cambiar de estrategia.
Enero 8, 2008 en 4:40 pm
Perdón mi ignorancia, pero que es un pico dulce? Acá en Uruguay no existe el término, aunque puedo imaginarme varios sinónimos.
Enero 8, 2008 en 4:46 pm
Janfi, terminé el post de Andrea e invité a mi mujer a leer en la biblioteca, te digo que el asunto es fantástico: la solemnidad de una biblioteca, la atención que acapara un texto y el agregadito de lo que nos enseñó Andrea es una receta exquisita y afrodisíaca.
Enero 8, 2008 en 5:19 pm
Carlos, un pico dulce es un chupetín multicolor de forma fálica y de tamaño fálico (pequeño, normal bah); su grosor no es suficiente si uno pretende aplicaciones afrodisíacas como las que bien describe el texto.
Enero 8, 2008 en 5:21 pm
(salvo claro está que la imaginación ya haya cumplido su cometido, en cuyo caso con un lapiz corto alcanza)
Enero 8, 2008 en 5:27 pm
Gracias Janfiloso, era lo que me imaginaba.
Enero 8, 2008 en 5:36 pm
ay ay ay
no se que decir, me quede estupefacta
o tal vez tengo demasiados recuerdos que ni me animo a traer a la conciencia
mmmmmm
Enero 8, 2008 en 5:39 pm
… es así, en el sexo, la imaginación es lo que vale …
Enero 8, 2008 en 6:00 pm
¿Cambio drástico de estilo?
Señorita Andrea Paula, usted me confunde.
Enero 8, 2008 en 6:19 pm
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ÚLTIMO MOMENTO
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Un extraño fenómeno se está prduciendo en la Ciudad por estas horas.
Multitudes se agolpan en Kioscos y Librerías.
Fuentes confirman que se incrementaron en forma abrupta las ventas de chupetines y libros durante las últimas horas.
Hay riesgos de desabastecimiento.
VAMOS A AMPLIAR
Enero 8, 2008 en 6:28 pm
Janfi tampoco seas tan humilde, contando el palito me imagino…
Enero 8, 2008 en 6:40 pm
es mejor ser humilde y sorprender;
…¿ contando el palito ?…
Hmmmmmmmmmmmm
Enero 9, 2008 en 8:45 am
Me gustó el relato y la osadía de narrar lo del chupetín
Enero 9, 2008 en 10:21 am
puedo poner tu link en mi blog?..
Enero 18, 2008 en 9:31 pm
disculpen un tanto, escribirá muy bien, pero para mí, esta mina, con lo del chupetín hizo “la gran wanda nara”, posando de histérica se enganchó unos cuantos babosos y viejos verdes
saludos