Imágenes fluviales (3)

El Salado en Gral. Belgrano

por Flavia de la Fuente

Dejamos el río en San Pedro y nos dirigimos hacia la ruta 9 por la interminable salida de 12 km de largo. El plan era, como ya les dije, tomar la ruta 41. Toda una aventura. Una ruta nueva, de la que no teníamos la menor referencia. Una vez hicimos eso mismo en México, creo que en el 98. Pero México no es Francia ni EE.UU., ni siquiera la Argentina, en materia de rutas. Nos habían invitado a un festival de cine francés en Acapulco. Entonces, se nos ocurrió alquilar un auto para ir recorriendo la costa del Pacífico, desde Acapulco hasta Puerto Vallarta. Recuerdo con qué alegría e inocencia agarramos el mapa de México, dividimos el itinerario en tres partes iguales, decidimos dónde pararíamos a dormir e hicimos las reservas en los hoteles de esos parajes que elegimos arbitrariamente (aunque, en realidad, no había otras opciones). En el camino estábamos solos. Aunque para ser precisos, estábamos nosotros y el ejército. A cada rato nos paraban unos camiones marrones de los cuales bajaban al menos cinco gendarmes con ametralladoras y nos hacían salir del auto y abrían todo nuestro equipaje. No había ningún cartel que señalara nada, se perdía la noción de la distancia. Si, por fin, nos topábamos con algún caserío nadie sabía responder a nuestras preguntas. Al parecer nadie había ido nunca en auto desde Acapulco hasta Puerto Vallarta. Animales, casi siempre chanchos, interrumpían la circulación; curvas eternas rodeaban las montañas. Una pesadilla. Incertidumbre total. En el último tramo —ya estaba anocheciendo y la redondez del camino me tenía mareada— estuvimos por abandonar nuestros planes y dormir en el auto. No había señal alguna de civilización. Yo no daba más. Me daba vueltas la cabeza, tenía miedo de seguir manejando en semejante estado de cansancio. Discutíamos sobre este asunto con Q (quien decía, y con razón, que era muy peligroso dormir en el auto en esos lugares tan desolados) cuando a la vuelta de una curva apareció un almacén muy pobre donde compramos agua y papas fritas bien saladas. Sin ninguna esperanza, le pregunté al hombre que atendía el negocio si sabía cuánto faltaba para Puerto Vallarta. Y, para mi sorpresa, el parroquiano con una amplia sonrisa me dijo que ni bien cruzáramos la última montaña, a 10 o 15 minutos de manejo, estaba la autopista de entrada a nuestro destino. Con renovados bríos subimos al auto y llegamos a Puerto Vallarta en el tiempo que nos anunció el buen almacenero. Habíamos recorrido 1000 km a ciegas, sin saber nunca dónde estábamos, totalmente perdidos en México. Los mapas no servían para nada porque no había ninguna referencia durante todo el camino. Pero, perdón, todo esto venía a cuento de tomar la ruta 41 en la provincia de Buenos Aires, que no es lo mismo, pero también puede deparar sus sorpresas: uno no se va a perder pero no sabe con qué clase de camino se puede llegar a encontrar. Una vez, decidimos volver de San Clemente a Buenos Aires por la ruta 11 porque es muy bonita. Sí, efectivamente, el paisaje es precioso pero tiene unos baches asesinos durante todo el trayecto. Era verano. Hacía mucho calor y no había lugares donde parar a tomar algo. Y donde había uno estaba repleto. Fue algo dantesco. Recuerdo el calor al salir del auto y el traqueteo constante cuando manejábamos a 60 km por hora. En fin, una experiencia para no repetir. Así que siempre siento una ligera inquietud cuando voy a recorrer nuevos caminos. Pero cuando tengo miedo siempre recuerdo a mi amigo Orlando Senna, que solía decirme con su tranquilizadora sonrisa bahiana, para darme coraje, que no hay nada mejor en la vida que una buena aventura.

 

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Pero esta vez, en cambio, la experiencia fue excelente. El paisaje de la ruta 41 es muy verde y, al comienzo, ligeramente ondulado. Todo muy apacible. No hay nada mejor para mí que los paisajes verdes con suaves colinas, aunque las de la ruta 41 no califican ni de suaves colinas, son menos altas que las dunas que hay entre Pinamar y Gesell. Pero, más altas o más bajas, el paisaje resultaba muy agradable y alegre. Nada de autos, apenas algunos camiones que se pasan sin ninguna dificultad. Una papa. Una vez en camino decidimos escuchar un poco de música. Ese día le tocó a Elvis. Tenemos una caja de 5 CDs de los años 50, de sus grabaciones en Sun y en la RCA. Pero, ¡maldición!, parece que se perdió el disco número 4. Q sufrió un ataque de nervios al darse cuenta de la pequeña desgracia. Yo me puse triste pero soy de resignación fácil. No así mi compañero que se lamentaba sin cesar. Que dónde íbamos a conseguir ese disco, que era algo único, etc. etc. Que ya no existían más esas cajas. Que ya no se venden más CDs. Que el mundo se está por extinguir. Que todos nos vamos a morir. Como todos sabemos, la angustia se contagia. Así que, de pronto, le dije ¡basta! Que lo buscaríamos en casa y que si no estaba, no estaba. Que no tenía arreglo y que yo estaba tan triste como él. Bueno. Q resignado, o al menos callado, finalmente puso el primer CD y pudimos comenzar a escuchar al Elvis de Sun. Una maravilla. Puro rock and roll. Según Q es lo mejor que grabó en su vida. A mí me gustaron los 4 discos. ¡Aunque seguro que el que se nos perdió es el mejor! Pero pensándolo bien, el más flojo es uno que recopila canciones navideñas tipo “White Christmas”, que me gusta mucho más por Bing Crosby. Pero, salvo las canciones navideñas que eran sumamente heterogéneas, esa década de Presley me parece muy pareja. Pero volvamos a hablar del camino, ya que parece que estoy escribiendo una guía de turismo. La ruta 41 tiene 350 km de largo. Va desde Baradero hasta Castelli pasando por San Andrés de Giles, San Antonio de Areco y General Belgrano. Recorrimos todo el camino hasta San Clemente, los 510 km, en compañía de Elvis. Un placer. Pero nada es fácil. Y, como guía de turismo novata, me olvidé de hacer una recomendación fundamental. Antes de entrar en la desconocida ruta 41, paramos a la salida de San Pedro en el ACA. Le pongo tres estrellas a este parador, el máximo de mi guía. Cargamos nafta, nos limpiaron los parabrisas, tomamos café con un tostado y compramos especialidades locales: más alfajores santafecinos, aceitunas negras y una especie de alfajores de pionono con dulce de leche originarios de San Pedro. Ese lugar es la perdición. También vendían toda clase de fiambres y salamines. Además, el servicio es muy amistoso. Mientras comíamos el sandwich, Q miró el mapa y me propuso que visitáramos la localidad de Gral. Belgrano para ver el río Salado que siempre cruzamos al pasar por Guerrero en la ruta 2. No había tiempo que perder si queríamos llegar con luz, más cuando desconocíamos el camino. Así que hacia allá fuimos, manejando tranquilos. Quisimos parar a comer algo en la ruta pero no encontramos un solo restaurant. Las estaciones de servicio son escasas. Qué país tan desolado el nuestro. Tomamos un cafecito en una ex estación de servicio y ex parrilla y seguimos viaje. Había un hombre reparando un Siam Di Tella destartalado. .

 

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Llegamos a Gral. Belgrano a eso de las cuatro de la tarde. Teníamos hambre. Pero, antes de comer, queríamos ir al centro para encontrar un café con wi fi para subir las notas de La lectora. Pero Gral. Belgrano no es San Pedro, ni siquiera, digamos San Clemente (donde tampoco hay wi fi). Preguntando llegamos al centro. Y el centro no es nada. Creo que hay dos cafés y un restaurant y, por supuesto, ninguno con wi fi ni nada que se le parezca. Lo que es muy agradable es que el ferrocarril atraviesa el pueblo. Y la estación es como todas las estaciones de la provincia, con ese aspecto herrumbroso que me encanta. Algún día las van a pintar y va a ser una pena. Los matices del herrumbre les dan un aspecto interesante y bello. Comimos otro sandwich en un simpático café vacío, pedí permiso para cargar la batería de mi cámara y después nos fuimos a visitar el balneario municipal que resultó un lugar encantador. Mirando en la Internet, me acabo de enterar de que hay dos balnearios: el nuevo y el viejo. No sé a cuál fuimos. Pero lo cierto es que era una tarde soleada, abuelas con chicos correteando, jóvenes y viejos tomando sol. Parece que no la pasan nada mal en Gral. Belgrano. Caminamos unos pasos y nos encontramos con un puentecito que más que puente era un dique o algo así. Entonces, empezaron las preguntas sin respuesta. ¿Y cómo se navega por el salado si están estas vallas por todos lados? Q me dijo que tal vez fuera un brazo del Salado que no era navegable. Volvimos al auto. Seguimos unas cuadras más y vimos el otro brazo del Salado, que supusimos que era el que veíamos siempre en Guerrero. El verdadero Salado. Parece que en Gral. Belgrano se hicieron esas vallas de contención de las aguas para evitar las inundaciones que destruyeron al pueblo en décadas pasadas. Parecería ser un canal. También me acabo de enterar de que hay un lugar que se llama Playa Azul. También nos lo perdimos. Y que se pesca el pejerrey y la lisa. Otra vez será. Ya volveremos con nuestro equipo de pesca y de navegación fluvial. Esta fue una visita muy improvisada y breve. Y este es el fin de la historia. Una visita de una hora a Gral. Belgrano, corridos por el tiempo, mejor dicho por la luz.

 

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La ruta 41 cumplió dignamente hasta Castelli y después retomamos la conocida ruta 2, la 63 y la 11 hasta llegar a casa. El atardecer era bello y cuando ya casi era de noche, a eso de las 7, Q me mostró al este una enorme luna llena roja que asomaba entre las nubes. Viajamos acompañados por la luna roja que, cuando llegamos a San Clemente, ya era una brillante luna blanca. Elvis se había terminado. Y los viajeros estaban cansados pero felices.

 

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Fotos: Flavia de la Fuente

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11 comentarios para “Imágenes fluviales (3)”

  1. dasbald Dice:

    Por eso Q a veces me pone nervioso…porque soy un niño grande como él!!!. Pobres los que manejan por nosotros!!

  2. enananegra Dice:

    No sé por qué lo que contás del viaje que hicieron en México me trajo el recuerdo de París Texas. Siempre me pareció que Harry Dean Stanton era igualito a Q. El viaje que hicieron hasta puerto Vallarta tendría que haberlo musicalizado Ry Cooder.
    ¿Encontraron el disco de Elvis? ¡Maldición! Detesto cuando se me pierden discos que forman parte de colecciones (y me pasa bastante seguido!)

  3. Juan Gonzalez del Solar Dice:

    Excelente relato, muchas gracias.
    Creo que nadie tiene el record limpio de tiempos perdidos en rutas argentinas -o calles; a veces salgo de mi casa con el auto y me olvido de adónde quería ir, así que manejo y me empiezo a ir a lugares no esperados que eligen mis actos reflejo-.

    Perderse en otro idioma es aun más desesperante.

  4. dasbald Dice:

    pero tu guía es más exigente que la Guía Azul pequeña hada del este!!!

  5. janfiloso Dice:

    si, tenés razón enananegra; yo perdí el vol II de la colección completa de adriana varela y me quiero morir ¿ no lo tendrás vos ?

  6. janfiloso Dice:

    qué lindo parece el río salado hasta que se desmadra e inunda la cuenca del salado, que casualmente es casi toda la provincia de buenos aires.

  7. Pía Dice:

    Janfi, ¡se ahogan las vaquitas, que seran ajenas y medio boludas, pero no se justifica…! El clima esta hecho percha.
    Notarán que acabo de descubrir la pólvora.

  8. estrella Dice:

    Lo mejor del relato, tu descripción del desencanto existencial de Q., por la pérdida del CD.
    Es cosa de hombres, me parece.

  9. lalectoraprovisoria Dice:

    No, Estrella, no es cosa de hombres. Ya Sandra lo dijo más arriba.

    Pero te juro que mi amiga Gabriela si llegara a perder un disco de una colección directamente se suicida!

    Me parece que es un padecimiento unisex.

    Y, además, confieso que estoy esperando para ir a BA para ir a buscar el disco en mi departamento. Y para qué hablamos, Q se puso a revolver toda la casa de nuevo!!!! Socorro!

    Flavia

  10. Pía Dice:

    Decile que se calme. Y que en dos meses empieza a funcionar Botnia.

  11. gcorach Dice:

    Si Quintin revuelve toda la casa descubrira libros (que entonces no existian los CDs) que me afano’ hace 4 decadas. Eramos tan jovenes! Y tener cosas era tan burgues!

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