Cazador blanco, bigotón negro

By lalectoraprovisoria

Sobre La venganza de Maiwa de H. Rider Haggard

por Quintín

Hace un tiempo estaba viendo televisión en Buenos Aires y apareció Alberto Laiseca al que estaban entrevistando en su estudio. Da bien en tele Laiseca (sé que tiene o tuvo un programa de cine de terror), con ese aire de monstruo simpático, de tremendos bigotes, una especie de versión acromegálica y bondadosa de David Viñas. Es gracioso también Laiseca, hablaba de sus “libritos” (uno de ellos es Los Sorias que hay que cargar en una carretilla) y de sus manías de bibliófilo. En algún momento mencionó a Rider Haggard y empecé a prestar más atención. Cuando era chico me tocó leer Las minas del rey Salomón, uno de los libros que más me impresionaron en esa época. Tengo un recuerdo imborrable (y seguramente falso) del pasaje en el que una vieja bruja y negra deja a los héroes encerrados en la oscuridad, en los subterráneos de una pirámide y sin posibilidades aparentes de escapar.

 

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En los años posteriores no leí nada más de Rider Haggard, pero conocí a un fanático del escritor: Ricardo Noriega, el hermano matemático de Gustavo, que murió muy joven. Noriega idolatraba especialmente dos novelas, Ella y Ayhesa, que con el tiempo compré pero nunca llegué a leer. Todo el tiempo pensaba, sin embargo, que Rider Haggard era un escritor para niños y adolescentes, un poco como Salgari y como el ahora revalorizado Julio Verne. Pero Laiseca aseguró en la tele que Rider Haggard era ni más ni menos que un genio y agregó que tenía todos sus libros y que su opinión sobre el autor era compartida por Oscar Wilde. Preguntado por qué era un genio Haggard, Laiseca contestó algo así: “porque tenía un montón de ideas geniales”.

Al otro día pasé por una mesa de saldos en Palermo y vi un libro de Rider Haggard a diez pesos. Me apresuré a comprarlo. Se trataba de La venganza de Maiwa, ediciones Abraxas. El libro contiene una novela corta, la que le da título al volumen, y tres cuentos independientes. Todos los relatos tienen como protagonista a Allan Quatermain, el cazador que también es el héroe de Las minas, de Ella y de Ayhesa.

Sir Henry Rider Haggard nació en Inglaterra en 1856 y murió en 1925. Caballero conservador, durante una parte de su vida fue funcionario colonial en Africa y estuvo destacado, sobre todo, en Sudáfrica y en Zimbabwe. Aunque su biografía lleva a pensar que él mismo fue un personaje sedentario, se inspiró para escribir en un gran cazador y aventurero de su época llamado Frederick Selous que ayudó a fabricar la figura del gran cazador blanco de la que Quatermain es la contrapartida literaria. Según la Wikipedia, las influencias sobre Rider Haggard fueron Stevenson y Kipling, aunque esto último es improbable, al menos en lo que respecta a Allan Quatermain (a pesar de que Haggard hace pensar en Kipling): Kipling empezó a publicar en 1888 (el año de La venganza de Maiwa, justamente), tres años después de que se editara Las minas del rey Salomón. En cuanto a los escritores influidos por Haggard, siempre según el dudoso artículo de la Wikipedia, la lista incluye a Burroughs (Edgar Rice, el de Tarzán, y no William aunque, como se sabe, este supo ejercitar el tiro al blanco), C. S. Lewis, Tolkien, Jung y Conrad. Cervantes y Joyce no figuran.

Pues bien, finalmente leí La venganza de Maiwa (sólo la novelita, no los cuentos) y me reencontré con un viejo conocido. Había algo en el tono que reconocí inmediatamente. En primer lugar, el buen humor de la prosa, el gusto por las bromas de toda índole incluyendo los chistes de vestuario masculino:

Por suerte, conservé la serenidad, como el hombre que, al estallar un incendio en su casa, arrojó a su suegra por la ventana y llevó el colchón por la escalera.

Pero también recordé que en Las minas me había perturbado bastante una cuestión y era la relación de Quatermain y sus acompañantes blancos con los nativos negros. Me vino a la memoria, en particular, una escena en la que los cazadores (buscadores de tesoros en aquella oportunidad) entran en un país que ha permanecido sin tener contacto con la civilización occidental. Entre otras cosas, nunca han visto un arma de fuego. En ese territorio rige un monarca absoluto, que desprecia la vida de sus súbditos. Quatermain intenta que el rey lo tenga por un dios y, para ello, recurre a dos procedimientos ligados de algún modo a la ciencia. Uno consiste en predecir un eclipse de sol. El otro en matar un buey a la distancia con un rifle. Pero el rey le exige que si ese instrumento es tan poderoso, que mate entonces a uno de los campesinos. Quatermain se niega pero, para salir del atolladero, debe decirle que si quiere ver el efecto del arma en los humanos, que ponga como blanco a uno de sus hijos.

Lo que el episodio transmite es un racismo sin cortapisas. Los blancos, dice todo el tiempo Quatermain, son superiores. No solo tienen la civilización de su lado, sino también a Cristo que les impone una moral más elevada. En Maiwa, la idea general es la misma. Pero, ahora, hay un rey malo que es tan malo que asesina a sus propios hijos al nacer para prevenir una posible sublevación cuando crezcan. Y todo el tiempo, el cazador se dedica a mostrar la diferencia entre las razas. Algunos ejemplos:

Pero como ustedes lo habrán notado, me atrevo a creerlo, el nativo que está al acecho tiene siempre la mentalidad del avestruz: mientras tiene oculta la cabeza parece creer que no puede verse otra cosa.

La mayoría de los salvajes son sumamente impresionables y consideran la insolencia un símbolo de poder.

Descubrí que los porteadores, con su estupidez usual, intentaban tenderles los colmillos a sus compañeros con las puntas hacia arriba.

Luego hubo un poco de comedia, que resultó realmente digna de elogio, si se tiene en cuenta lo salvaje e ignorante que era aquella gente.

Quatermain no distingue, en principio, los negros de los animales: cada uno de esos grupos tiene sus virtudes y sus defectos que son distintos de los del hombre blanco. Cuando Quatermain dice:

Como ustedes saben, el rinoceronte es un animal muy miope. En realidad, tienen tan mala vista como buen olfato. El mismo tiene plena conciencia de ese hecho, pero siempre saca el mayor partido de sus dones naturales.

No hace nada demasiado distinto que cuando juzga la capacidad de combate de una u otra tribu:

Por ser de raza zulú, estos eran mucho mejores guerreros que los matukus de Wambe.

O cuando advierte que los nativos tienen una idea diferente de la caza de la de los ingleses:

Sabía que aquel hombre no era lo bastante buen deportista para que le divirtiera realmente matar elefantes al aire libre y a la luz de la luna.

El de Haggard es un racismo natural, por así decirlo, como el de D. W. Griffith, que parte de la imposibilidad de mezclar las razas y de los males que eso puede ocasionar. El apartheid sudafricano se edificó sobre ideas como esta:

Gobo estaba encaramado a mi lado, pero todo lo lejos que lo permitía la viga, porque ni al hombre blanco ni al negro les gusta el perfume que cada uno de ellos jura es la característica peculiar y desagradable del otro.

Pero en el cazador, ese pensamiento no está lejos de este otro:

Momentáneamente, el viento había amainado, pero poco después pasó sobre mí una suave ráfaga que llevó mi olor hacia el rinoceronte. A propósito, me pregunto: qué huele tan intensamente en el hombre? ¿Es su cuerpo o su aliento?

Mandela no debe haber puesto este libro como texto obligatorio y es posible que en EE.UU. sólo lo distribuya el Ku-Klux-Klan. Pero la frontalidad con la que Haggard trata la diferencia entre las razas, incluso la intercambiabilidad de los aborígenes con los animales tiene, sin embargo, poco que ver con un sentimiento de odio y mucho con que, como escritor, Haggard hace decir a Qatermain lo que los cazadores británicos decían en el siglo XIX. Y más que defender el imperialismo británico, el negocio de Haggard es la diversión.

Incluso, hay una vuelta de tuerca en el libro. Quatermain interviene en una guerra entre dos tribus, a favor de la que es abusada por la otra. Maiwa es la princesa que ha sido obligada a casarse con el déspota enemigo que ha asesinado a su hijito. Finalmente, los buenos triunfan, Maiwa es coronada reina y su gobierno es sabio y justo. Lo más curioso es que Quatermain necesita disfrazar las razones por las cuales participa en la guerra y ayuda a la tribu de los débiles. Utiliza entonces dos excusas: que hay un inglés prisionero de los malos y que en la aldea enemiga hay un fabuloso cargamento de marfil. La codicia y la solidaridad nacional son la coartada para el altruismo, ¡y no al revés!. Haggard parece haber descubierto un nuevo sentimiento, una nueva modalidad psicológica: la hipocresía negativa. Pero allí no termina la cosa sino de este modo:

Y luego, todos nos fuimos a dormir, y soñé que me había casado con Maiwa y que temía mucho a aquella dama, atrayente pero resuelta.

El que habla es el narrador anónimo después de escuchar el relato de Quatermain. No es un mal final. Y tampoco está mal, al contrario, está muy bien, el modo en el que Haggard describe las partidas de caza y las batallas. Es francamente insuperable en ese rubro. Y eso que, a priori, uno pensaría que la caza del rinoceronte, la persecución de los tres elefantes o la guerra contra la tribu enemiga habrían de dar relatos áridos o infantiles. Nada de eso. Rider Haggard describe esas escenas como un maestro. No debe haber algo parecido en la literatura. Y Laiseca, evidentemente, las ha leído muy bien. Y Ricardo no era ningún tonto para leer tampoco.

Foto: Flavia de la Fuente

3 comentarios para “Cazador blanco, bigotón negro”

  1. José Orlando Dice:

    Una pequeña corrección, Quatermain no es el héroe en Ella y en Ayesha, sino que lo son Lucio Holly y su hijo adoptivo Leo Vincey. Es cierto lo del racismo desprejuiciado de Rider-Haggard. Se leen expresiones en “Las Minas…” como “bastante inteligente para ser nativo”. Pero más que racismo lo que existe en Rider-Haggard es una especie de superficialidad de la acción, que no permite la reflexión sobre igualdades o esencias humanas. Las valoraciones positivas hacia los nativos se muestran como semejanzas con la occidentalidad y las negativas como atavismos inevitables propios de la raza. En El Mundo Perdido, Conan Doyle incurre en la misma actitud al describir la venganza que ejercen los nativos sudamericanos contra la expedición inglesa. El autor de la venganza muere a manos de John Roxton por haberse expuesto inutilmente en un gesto teatral y exhibicionista, típicamente “latino”.

  2. noriega Dice:

    De las muchas cosas que me legó mi hermano (desde River hasta Borges pasando por el amor por los jugadores antes que por los técnicos o las camisetas) no figura Rider Haggard, a quien ahora voy a tratar de incorporar. ¡Gracias Q!

  3. Medusa Dice:

    Sì, yo leì Ella y Ayesha a los 14 años, hace mucho. Y me encantaron. No se si es correcto hacer un analisis antropologico de una novela de aventuras.

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