Las palabras y las cosas

By lalectoraprovisoria

Sobre Viaje sentimental de Laurence Sterne, Editorial Funambulista.

por Quintín

Compré Viaje sentimental de Sterne para Flavia. A ella le encantan las buenas ediciones: tapa dura, páginas aireadas, buen papel, diseño elegante. Yo prefiero los libros de tapa blanda que antes se llamaban “en rústica”. A Flavia también le gustan los libros antiguos, aunque su época favorita es el siglo XIX.

A mí, en cambio, me generan una desconfianza instintiva que proviene de la escuela secundaria. Sólo los privilegiados (por herencia, talento o empecinamiento) aprenden a leer en la infancia o la adolescencia. El resto, y fue mi caso, no puede pasar de los contemporáneos de moda. Yo leía, digamos, Cien años de soledad. Pero a las lecturas obligatorias, desde El Quijote a Los indios ranqueles no sabía cómo entrarles, me resultaban de una aridez implacable. Es un serio handicap cultural comenzar la vida adulta de ese modo. Pero durante muchos años pensé que esos libros le hablaban a otra gente, muerta hace tiempo. Suponía que la literatura se ocupaba de la vida y de las cosas y que las mías y las de mis contemporáneos (a excepción de los policiales y los libros de aventuras, cuyo anacronismo no me molestaba) eran necesariamente más interesantes. Pero, aunque nunca me di cuenta, no se trataba de la diferencia de época lo que me hacía permanecer fuera del territorio propiamente literario, sino la certeza de que lo importante de un libro era aquello que narraba, sucesos que transcurrían en un mundo “real” (aunque el género fuera fantástico). Era lo que allí ocurría por fuera de las páginas lo que debía ser apreciado o juzgado por el lector. El libro resultaba una especie de testimonio del mundo o, al menos, de otro mundo. Suena brutal, iletrado, pero era así.

Avión 1

Viaje sentimental (1768), un libro mágico al que esta agradable edición envuelve de manera apropiada, es un buen antídoto contra esas ideas que yo solía tener de la literatura. Laurence Sterne (1713- 1768) es famoso principalmente por un libro extenso, Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, que no he leído por los prejuicios antes mencionados. Viaje sentimental por Francia e Italia es mucho más corto y se lee de una sentada. Pero hay que pasar unas cuantas páginas para entender tanto el tono como el tema. Sterne cuenta en primera persona las aventuras de un caballero llamado Yorick en el transcurso de un viaje a Francia (la parte italiana no existe, al parecer el libro está inconcluso). El protagonista parece interesado en pasarla bien, sobre todo en compañía femenina. Así es como el relato de encuentros y desencuentros amorosos ocupa buena parte del texto, pero con una particularidad. No se sabe cómo terminan estos escarceos ni si el narrador está interesado en producirlos o en evitarlos. El tono es siempre burlón pero la delicadeza de Sterne hace que no haya nunca víctimas salvo, en todo caso, él mismo. Pero no hay desgracias, ni siquiera contrariedades en El viaje, nada ensombrece su tono festivo. Lo que abundan, en cambio, son las digresiones, que pueden ser de todo tipo. Opiniones, fábulas filosóficas, anécdotas que vienen al caso o no (porque no hay tal caso), historias secundarias que hasta pueden quedar truncas, reflexiones sobre los temas insólitos (“la observación de la incalculable frecuencia con la que la Naturaleza se complace en formar enanos”)…

Pero nada que pueda caer bajo el rótulo de serio, aunque nadie podría tildar de tonto a Mr. Yorick. Al principio, hay un par de páginas dedicadas a clasificar a los viajeros. La conclusión a la que llega es que los tipos son los siguientes:

Viajeros simples.
Viajeros ociosos.
Viajeros curiosos.
Viajeros mentirosos.
Viajeros vanidosos.
Viajeros melancólicos.
Viajeros delincuentes y felones.
Viajeros desgraciados e inocentes.

Por último está él, el viajero sentimental, una categoría en sí misma, cuya composición no se aclara, porque de ese modo el autor caería en la de vanidoso. Creo que el ejemplo ilustra bien una particularidad de Sterne: un permanente juego con el metalenguaje. Otro fragmento: “Y habiendo contado esa anécdota para placer del lector, le ruego me permita contarle otra para mi propio placer.” Por supuesto, nada diferencia una anécdota de la otra, pero la frase muestra también la devoción de Sterne por la amabilidad, lo que le confiere al libro parte de su gracia irresistible

Tal vez el centro de gravedad del libro se encuentre alrededor de su única ilustración, un cómico escudo de armas sobre el que se posa un pájaro. En teoría se trata del emblema de Yorick, y el bicho es objeto de una curiosa historia. Se trata de un estornino que había aprendido a gritar en inglés: “¡No puedo salir, no puedo salir!” El pájaro está en una jaula en Francia, y nadie comprende lo que dice. Pero Yorick, lo compra, conmovido por la alegoría de la libertad que representa. Un Lord le pide luego que se lo regale y accede a su pedido pero, a su vez, se lo da a otro Lord y así la jaula con su inquilino comienza a circular de mano en mano por las dos cámaras del parlamento británico, sin que nadie quiera quedarse con ella. El cuento tiene dos moralejas. Una es, obviamente, que ningún político parece interesado en defender la libertad. La otra es más compleja. Cuando relata el periplo del estornino, Sterne escribe: “Lord A. se lo cedió a Lord B., Lord B. se lo regaló a Lord C. y el escudero de Lord C. se lo vendió al de Lord D. por un chelín. Lord D. se lo dio a Lord E. y así sucesivamente fue de mano en mano hasta recorrer medio alfabeto”. Sterne no dice media nobleza, ni media cámara de los Lores, sino “medio alfabeto”: en el fondo, la anécdota no pertenece a otro mundo que al del lenguaje. Admirador de Shakespeare y de Cervantes, sucesor de Montaigne, contemporáneo de Voltaire, la modernidad de Sterne es evidente con respecto a su tiempo, pero aún hoy sigue siendo notable la claridad con la que su escritura remite, ante todo, a la palabra escrita. Para describir la llegada a una etapa de su viaje, en lugar de decir: “lo primero que vi al despertar fue Amiens”, escribe: “La primera palabra que vi al despertar fue Amiens.”

Esa conciencia de que su obra se juega en el interior de cada párrafo y, en definitiva, en el universo literario caracteriza a Sterne y le da a su estilo una extraordinaria ligereza. Sterne no es exactamente un filósofo satírico ni un observador de costumbres; no es un moralista ni un libertino sino un prestidigitador del lenguaje. Una de las historias más graciosas de Viaje sentimental es la obtención de un pasaporte, que le es acordado al protagonista como ”Mr. Yorick, bufón del Rey.” Ese otro Yorick es el ex bufón de la corte de Dinamarca, cuya calavera utiliza Hamlet para el famoso monólogo. La literatura, en definitiva, es el salvoconducto del viajero y la risa su método. La prosa estricta (“sin nata”) y al mismo tiempo burbujeante de Sterne (una cualidad que la traducción no borra) solo remite, en el fondo, a su propia creación. Por eso no hay placer mayor que leer el Viaje sentimental salvo, seguramente, el de leer el Tristram Shandy. Lo iría a comprar en este momento, aunque debe ser difícil conseguirlo en San Clemente y zonas aledañas. Ni Sterne sería capaz de un acto de magia semejante.

Una respuesta para “Las palabras y las cosas”

  1. fafa Dice:

    Los dos libros de sterne son increibles, no dejes de leer tristam shandy cuando vuelvas de la costa.
    ¡Y como coincidí con eso de la aridez implacable de los clasicos!. Hay excepciones (flaubert, dostoievsky, thakeray) pero hay tambien tantos autores en el bronce que se me hacen cuesta arriba… y esa sensacion culpable de preferir a easton ellis o a nothomb antes que a sthendal o cervantes.

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